Fue, lo que se dice, un político de carrera. Primero concejal, luego diputado Provincial y más tarde Nacional. En los ´70 ya era una figura reconocida, un exponente del ala progresista dentro del radicalismo. En el ´83, Alfonsín derrota en la interna partidaria al candidato balbinista, un tal De la Rúa, y realiza una impecable campaña electoral, basada en los derechos humanos y la consolidación de la democracia.
Había entendido el espíritu de la época; sabía que aquel año era el inicio de un tiempo político diferente y no un capítulo más dentro del péndulo cívico-militar. Su rival, Italo Lúder, encrespado en reivindicaciones anacrónicas, reflejaba la crisis en la que estaba sumido el partido justicialista.Alfonsín priorizó, y este es su mayor mérito, “la cuestión democrática”. “Con la democracia se come, se educa y se cura” parece haber sido más una expresión voluntarista que un dato de la realidad. Había que re-situar el horizonte democrático y desterrar el fantasma dictatorial. La frase buscaba reelaborar el contrato social y confirmar el compromiso, de una vez y para siempre, con la nueva edad política que advenía.
Alfonsín no fue, como se dice en estos días de duelo y grandilocuencias, el gran artífice de la democracia. Muchos países de America Latina vivieron, en la década del ´80, procesos democratizadores. Chile, Brasil, Uruguay, entre otros. Y sin embargo, no tuvieron un Alfonsín. El momento histórico indicaba que le había llegado la hora democrática a la región. El extinto ex presidente fue, sí, el padre de nuestra democracia, responsable en gran parte de sus alcances y de sus límites.
Como todo gobierno que quiere alterar algunas cosas, afectar determinados intereses, aquel del ´83 encontró severos obstáculos. Se enfrentó con poderes reales: la iglesia, los militares, los sindicatos, los empresarios. Abrió muchos, demasiados frentes de batalla para la situación de inestabilidad en la que se hallaba. Así como fue valiente y se les opuso a aquellas corporaciones, terminó cediendo y transando, casi con resignación, y con la íntima certeza de que el de presidente era un cargo sumamente ingrato. El tipo era denostado por la iglesia, condicionado por los militares y empresarios y silbado por la Sociedad Rural; datos que, más que un defecto, constituyen un atributo insoslayable.
El juicio a las juntas fue algo histórico, único en el mundo. Alfonsín pudo haber optado una salida más cómoda (de hecho, Italo Lúder se había proclamado en la campaña electoral a favor de convalidar la autoamnistía decretada por el gobierno militar). Pero no. Tuvo la valentía de plantársele a los Videla, a los Massera, quienes tenían aún una influencia, un poder de fuego inimaginable. Aquel episodio tuvo como correlato las leyes de Obediencia Debida y Punto Final tras las presiones y los levantamientos militares que venían jaqueando al gobierno. La idea de justicia se sintió, no anulada, pero sí cercenada.
Alfonsín fue, por lejos, el político más brillante del radicalismo desde la vuelta de la democracia. Hay no obstante, una paradoja en su trayectoria política; su máxima gesta- la afirmación de nuestra democracia- marcó al mismo tiempo el deterioro de su partido (esta es una idea de José Natanson). La reivindicación histórica del radicalismo fue siempre la consolidación de la democracia, ya desde los tiempos de L.N. Alem. Una vez alcanzado este objetivo, el partido perdió su razón de existencia, se destruyó a sí mismo. El partido radical como tal es hoy una pasión inútil, para decirlo sartreanamente.
Escribo estas líneas con la extraña sensación de que con la muerte del Alfonsín-hombre está naciendo el Alfonsín-mito. La Argentina ha tenido siempre una tendencia hacia la necrofilia; muchos de los que hoy halagan la figura del ex presidente son los que ayer lo criticaban descarnadamente (pienso principal pero no exclusivamente en la prensa y la clase dirigente). Los argentinos solemos ser despiadados con los contemporáneos y apasionados defensores de nuestros extemporáneos.
Con luces y sombras, aciertos y errores, Raúl Alfonsín supo dignificar la política. Cuestionado por algunos, respetado por todos. Su tiempo era el de los comités, la unidad básica y la política de masas. Hoy, en la era videopolítica, la cosa pública la manejan los ricos, los hijos de los ricos o las personas exitosas que provienen de los deportes (individualistas). Quizá por ese duro contraste con esta clase política desabrida, la figura de Alfonsín crezca inevitablemente. Lo cierto es que su legado de respeto por la democracia y los derechos humanos parece haber ganado hoy un lugar grande en la historia.


