No había estado de acuerdo con aquella decisión pero no tuvo opción. Cuando la Iglesia te manda a un lugar, vas o decís chau fue un gusto. Así lo sacaron de la lustrosa biblioteca del Vaticano, donde sólo se escuchaba el transcurrir de las hojas, y lo mandaron a un capillita de Conella, allá en las pampas. Para hacer calle, le dijeron. Y así el curita español se vio abducido de los penumbrosos pasillos entre estantes repletos de secretos, y descargado en un pueblito rural lleno de gallinas y perros.
Matías Sapegno
No había estado de acuerdo con aquella decisión pero no tuvo opción. Cuando la Iglesia te manda a un lugar, vas o decís chau fue un gusto. Así lo sacaron de la lustrosa biblioteca del Vaticano, donde sólo se escuchaba el transcurrir de las hojas, y lo mandaron a un capillita de Conella, allá en las pampas. Para hacer calle, le dijeron.
Y así el curita español se vio abducido de los penumbrosos pasillos entre estantes repletos de secretos, y descargado en un pueblito rural lleno de gallinas y perros.
Su primer enemigo (que todo cura nuevo tiene uno) no fue una persona, sino una oveja que había sido criada entre galgos y que lo toreaba cada vez que él pasaba en bicicleta por su casa. Una vez hasta lo había hecho caer sobre la calle de tierra.
Eran tiempos de sequía en Conella y sus habitantes pensaron cura nuevo, clima nuevo. Así que a la segunda semana de estancia en el lugar, algunos de los fieles más atrevidos se acercaron con la petición. Veíamos, no sé, por ahí usté no acostumbra, es una necesidá que tenemos, no se vaya a enojar... que haga una misa para hacer llover. El curita rechazó la propuesta un día, a la otra semana lo mismo y a la otra también. Pero seguía sin llover y los fieles, muchos más que la primera vez, se le plantaron en la capilla y le dijeron que no se iban hasta que él les diera una fecha para la misa. Está bien, suspiró, en dos días.
A la noche, acostado en su cama, pensaba. ¿Y si no llovía? ¿Y si llovía? Por ahí se acordó de un libro de aquella biblioteca que tanto extrañaba, por silencio y por frescura. El texto contaba cómo había hecho un santo para hacer llover y decidió copiar, al menos, la utilería.
El día de la misa ya estaban atadas las tres ovejas esquiladas –aunque no era época-, al lado del altar que habían improvisado afuera de la capilla, abajo de unos álamos. El curita celebró la misa, habló de la falta que hacía el agua en la zona, y después salieron todos en procesión por el pueblo, con las tres ovejas adelante.
El día siguiente amaneció lloviendo, pero lo que despertó al curita fueron los golpes en su puerta de la gente que quería abrazarlo y felicitarlo. Lo sacaron a la calle y lo invitaron a que entre a cada casa, convidándole mate, torta fritas y hasta una caña. Y llovió, y la gente estaba muy contenta. Y siguió lloviendo y la gente agradeció tanta generosidad del cielo. Y siguió lloviendo y la gente dijo qué bueno, para cuando falte. Y llovió todavía más y la gente ya se enojaba por el barro de las calles, la humedad que no dejaba lavar la ropa, las goteras, los granos de trigo germinados en la misma planta, las manchas en la pared, la tos de los chicos. Y siguió lloviendo.
Un grupo de vecinos que iban con caras que para nada buscaban caer simpáticas, golpearon la puerta del curita y cuando abrió le dijeron: Haga que pare. Ya.


