Hace unos días recibí un correo electrónico de la periodista Pilar del Río, esposa de José Saramago y traductora al español de sus obras. No creo cometer una infidencia si reproduzco aquí un fragmento: "¿Has entrado en el blog? ¿Ves a José como un rayo que no cesa?"
Ezequiel Martínez
Hace unos días recibí un correo electrónico de la periodista Pilar del Río, esposa de José Saramago y traductora al español de sus obras. No creo cometer una infidencia si reproduzco aquí un fragmento: "¿Has entrado en el blog? ¿Ves a José como un rayo que no cesa?"
Pilar se refería a El cuaderno de Saramago, el blog que el Premio Nobel portugués comenzó a escribir en setiembre del año pasado. A los 86 años, con una novela recién publicada y una lucidez inoxidable, el autor de Memorial del Convento mantiene su blog en estado de ebullición. Allí reflexiona sobre Obama (hoy mismo escribió acerca del nuevo presidente de los Estados Unidos, donde le advierte que "no le permitiremos que cubra el fracaso, si tal se produce, con un discurso engañoso. Lo sabemos todo de discursos engañosos, señor presidente, mire bien donde se mete"), el conflicto de Gaza, la crisis financiera mundial u horrores como la lapidación en pleno siglo XXI.
Ningún tema le es ajeno, y me puso feliz cuando a fines de octubre lo vi en Madrid recuperado y fortalecido de una enfermedad que casi lo lleva a la muerte. Le envidio que a esta altura de su vida tenga ganas, además, de llevar adelante un blog, ese mismo sobre cuyo sentido reflexionó en su primera entrada del 2009, como un rayo que no cesa:
"¿Ha valido la pena? ¿Han valido la pena estos comentarios, estas opiniones, estas críticas? ¿El mundo está mejor que antes? Y yo ¿cómo estoy? ¿Es esto lo que esperaba? ¿Satisfecho con el trabajo? Responder “sí” a todas estas preguntas, o incluso sólo a alguna, sería la demostración clara de una ceguera mental sin disculpa. Y responder con un “no” sin excepciones ¿qué podría ser? ¿Exceso de modestia? ¿De resignación? ¿O tal vez la conciencia de que cualquier obra humana no es nada más que una pálida sombra de la obra antes soñada?. Se cuenta que Miguel Ángel, cuando terminó el Moisés que se encuentra en Roma, en la iglesia de San Pietro in Vincoli, dio con el martillo en la rodilla de la estatua y gritó: “Habla!” No será preciso decir que Moisés no habló. Moisés nunca habla. De igual manera lo que en este lugar se ha escrito a lo largo de los últimos meses no contiene más palabras ni son más elocuentes que las que pudieron ser escritas, precisamente esas a las que el autor quisiera pedirle, aunque fuera murmurando, “Hablen, por favor, díganme qué son, para qué han servido, si ha sido para algo”. Callan, no responden. ¿Qué hacer, entonces? Interrogar palabras es el destino de quien escribe. ¿Un artículo? ¿Una crónica? ¿Un libro? Habrá que hacerlo, pero ya sabemos que Moisés no responderá".


