El eje de las intrigas palaciegas y los corrillos periodísticos de las últimas horas orbitaron alrededor de los nombres de los más inmediatos colaboradores que acompañarían a Cristina Fernández de Kirchner en la gestión que comienza el 10 de diciembre. Este frenético interés tiene sentido; la composición del gabinete revela la relación de fuerzas hacia el interior de la coalición gobernante, define cierto estilo en la conducción política y, en términos más generales, trasluce la estrategia de gobierno de un Presidente.
Javier Cachés

Dado el sistema de gobierno presidencialista y una tradición política que se estructura en torno a liderazgos fuertes, es entendible el carácter “ejecutivo-céntrico” que ha ido adoptando la dinámica política argentina a lo largo del tiempo. En este sentido, el eje de las intrigas palaciegas y los corrillos periodísticos de las últimas horas orbitaron alrededor de los nombres de los más inmediatos colaboradores que acompañarían a Cristina Fernández de Kirchner en la gestión que comienza el 10 de diciembre. Este frenético interés tiene sentido; la composición del gabinete revela la relación de fuerzas hacia el interior de la coalición gobernante, define cierto estilo en la conducción política y, en términos más generales, trasluce la estrategia de gobierno de un Presidente.
El anuncio del vocero presidencial Alfredo Scoccimarro develó el misterio, confirmando las presunciones de los últimos días; en la conformación del equipo ministerial primará la continuidad antes que el recambio. La selección y organización del gabinete se estructura, en general, en función del peso político, partidario y electoral de la figura presidencial. En un contexto de debilidad institucional, la integración del gabinete ministerial de aquel kirchnerismo de 2003 estaba compuesto tanto por “pingüinos” como por duhaldistas, reflejando de este modo la alianza político-electoral que le había permitido a Néstor Kirchner acceder al gobierno con un precario caudal de votos. Por el contrario, la actual designación de los ministros que secundarán a la titular del Ejecutivo no sigue un criterio partidista sino que se funda en la confianza conferida por Cristina Fernández a sus colaboradores. Esto no constituye -como se empeñan en repetir desde ciertas tribunas republicanas con severas dificultades para interpretar el actual proceso político- un indicador de autoritarismo o de abuso de poder; legitimada por la voluntad popular, la Presidenta es la líder excluyente de la coalición de gobierno, y sin actores políticos a los cuales “pagarles” por la victoria electoral, goza de un amplio margen para definir la constitución del gabinete.
El kirchnerismo ha sido, por otra parte, históricamente renuente a la renovación ministerial, manteniendo en su cargo a funcionarios fuertemente castigados por los medios de comunicación y la opinión pública (Julio De Vido en los primero años, Guillermo Moreno –si ampliamos la referencia al nivel de Secretarios- durante todo el mandato de Cristina).
Con todo, en el gobierno que se inaugura el próximo 10 de diciembre, habrá, entonces, pocos movimientos; los tres ministros salientes dejan sus carteras para ocupar cargos electivos. Amado Boudou concluye un año para recordar, abandona Economía por un premio mayor -la Vicepresidencia-, y en su lugar asume un hombre de su riñón, Hernán Lorenzino (ex secretario de Finanzas y, dicen los que saben, bastante cercano a los organismos multilaterales de crédito). De Jefatura de Gabinete se irá Aníbal Fernández, uno de los más conspicuos ministros kirchneristas, quien pasará a ser espada oficialista en la Cámara alta. Juan Manuel Abal Medina –que hace tiempo ha dejado de ser “el hijo de…”- confirma su ascendente carrera política, convirtiéndose en el nuevo primus-inter-pares. Por último, tras su elogiada gestión en Agricultura, Julián Domínguez presidirá la Cámara de Diputados, con un ojo puesto en su armado en la provincia de Buenos Aires. El puesto vacante será ocupado por Norberto Yahuar, flamante ex subsecretario de Pesca. El resto del gabinete, en una clara señal de estabilidad, se mantiene constante.
Más allá de los nombres propios, la designación en el gabinete de figuras carentes de legitimidad política autónoma se inscribe en tendencias más profundas del ejercicio del poder kirchnerista, como la creciente concentración y verticalización en el proceso de toma de decisiones y la ausencia –desde el alejamiento de Lavagna- de “super-ministros” que le disputen en alguna medida el liderazgo al titular del Ejecutivo (escenario presente, por ejemplo, con Domingo Cavallo tanto en la administración menemista como en la aliancista).
Se cierra así el calendario político de un 2011 intenso, con un gobierno que se encamina a su tercer mandato consecutivo. En un contexto de recesión internacional, no son menores los desafíos que se le plantean al oficialismo para el año entrante. Los principales responsables para enfrentar desde el Ejecutivo tales obstáculos ya han sido seleccionados.
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