Avanza, sube, se reproduce. El miedo no cotiza en el mercado, por el simple hecho de no ser sólido y contundente. Podrá decir un detallista que las balas sí son sólidas y contundentes, pero tampoco son miedo en sí mismas, y si no vienen muy rápido no hacen más daño que una bolita de vidrio. Una bala apoyada en una mesa es igual que un mujer desnuda al otro lado de un cristal. Puede hacer mucho, pero no hace nada. Si nos aceleramos, si nos incomodamos, corre por nosotros solamente. El miedo, que no se palpa, decía.
Nahuel Coca
Ante la suba del miedo sí hay otros productos que cotizan mejor. Las alarmas y las puertas blindadas, las armas, las rejas, los policías con ametralladoras, y a no confundirse: los policías con ametralladoras que pertenecen a la Ciudad de Buenos Aires van a cotizar el doble que un maestro o una maestra recién salido del liceo.
El miedo responde a una sensación. La sensación se transmite, claro, con mensajes, como cualquier otra. Últimamente, los amantes de la mano dura reclamaban penas más graves, en un sistema penitenciario que no puede hacer cumplir las actuales, y una imputabilidad más abarcativa, ignorando quizás que cuando un chico de 14 años entra en un instituto de menores lo cagan a piñas reiteradas veces en el mejor de los casos, y lo tienen de gato en el peor. Sin hacer uso de los eufemismos: al llegar a un instituto o una cárcel común, a un menor de edad le rompen el culo a diario, y todo gracias al Estado, que supo darle seguridad a los que reclaman por esas leyes. El menor crecerá, y se acordará un poquito de la sociedad que siguió su vida sin preocuparse por la suya. Y volverá con todo, más curtido, con más alianzas. Preparado, ahora sí, para hacer el mal sin mirar a quien.
No se contempla, entonces, la posibilidad de que este pibe X se reintegre a la sociedad y pueda servir de algo, el día de mañana, así sea no molestando a nadie y pagando sus impuestos. De ignorar la posibilidad de reinserción al fusilamiento no hay tantos pasos.
Decía Diego Capusotto en una entrevista que le hiciera Enrique Symms en C, la revista del diario Crítica de la Argentina:
“Hay una política de desgaste donde los medios describen esa tragedia social desde una mirada donde la víctima es la clase media. Esa idea perversa de la falta de seguridad que te hace entrar en un territorio ficcional donde ya no podés andar por la calle. Es parecido a la demonización de la droga que te lleva a la delincuencia, a los desclasados los lleva al delito pero no por la droga sino porque están desclasados. Hay una mirada que nos hace cómplices del desclasamiento. El desclasado es el tipo con el que vos no te querés encontrar. Me aterra más la mirada que tiene la gente sobre lo que pasa en la calle que los episodios de horror que puedan suceder. No quiero parecer conspirativo pero esa idea de que hay zonas liberadas parece una estrategia política, permite conformar un discurso homogéneo para condenar y reprimir a los desclasados. Esa idea que están consiguiendo imponer de que hay un montón de negros acechándonos para invadir y destruir nuestra privacidad. “
“–¿Eran adolescentes?
–Sí, no eran muchachones, ni señoras. Yo soy muy respetuoso con los señores ladrones. No me cambia la forma de pensar. ¿Qué es lo que hace que tres pibes salgan a afanar? No me imagino tomar represalias con los chicos. La responsabilidad de formarlos es nuestra y no creo que estemos haciendo lo debido para que tengan educación, salud, contención en las escuelas y que sus padres tengan trabajo. Estamos cansados de ver pibes en la calle y ni siquiera nos conmovemos. Hay que pensar qué es lo que hacemos por los chicos y no en bajar la edad de imputabilidad o la mano dura. ¿Seremos todos ladrones que esperamos la oportunidad? Creo que no.”
http://nahuelcoca.blogspot.com/2008/11/grande-darn.html


