Hoy se cumple un año de la partida del mejor cuadro político desde el regreso de la democracia, y tal vez de uno de los mejores de la historia argentina. Que sumó adeptos en igual proporción que detractores, pero que será recordado por algo clave: fue el restaurador de la militancia, que siempre defendió.
Alexander Algieri
Las banderas estaban arriadas, escondidas en lo más oscuro del pasado, olvidadas forzosamente por los truenos de la muerte, que fueron apagando decenas de miles de dignos ideales. “No voy a dejar las convicciones en la puerta de la Casa Rosada”, fue su primera frase como jefe de estado, que para algunos tuvo una importante carga demagógica, pero para otros fue, por contexto y pasado reciente, un concepto que revitalizó las ganas de muchos, que desde hace mucho venían pidiendo que llegue alguien que los ojos puestos en el pueblo.
-¿quién es este tuerto, ché? ¿De dónde carajo lo sacaron? ¿Es el títere de Duhalde? Al tipo no lo junaba nadie, salgo alguno que otro, cuando salía segundo (increíble pero real) de Carlos Menem en las presidenciables de 2003. Con la posterior baja del riojano para el balotaje, Néstor Kirchner asumía la presidencia como el político con menor apoyo de la historia (sólo el 22% que lo había elegido en primera vuelta).
Pero los números sólo sirven para marcar un piso, un comienzo. Cuatro años después, el “tuerto” finalizaría su cargo con una imagen positiva superior al 60%, algo impensado cuatro años atrás. Sin embargo, esto fue el fruto de años de trabajo, mirando siempre a la gente.
Muchas cosas hizo por su país, muchas con alta simbología, como bajar los cuadros de Videla, Massera y todos los represores, pedir perdón en nombre del estado por las atrocidades de una dictadura sangrienta, anular los indultos y declarar la nulidad de la leyes de obediencia debida y punto final, negociación oscura que llevó a cabo al que, paradójicamente, llaman “el padre de la democracia”.
Hace más de un año nos despertábamos con un escalofrío recorriéndonos el alma. El gran multimedios informaba la noticia con un aire triunfalista pocas veces visto, y de a poco, la plaza de mayo se iba llenando. Justo ahí, en ese lugar al que él logró cambiarle el color, de negro a verde esperanza, verde militancia. Al pueblo el maestro del tiempo le pegaba una pata en el medio del pecho.
Por la calle todo era silencio, salvo en algunos barrios pudientes de capital federal, tierra de los Piquetes de la abundancia, tierra que odia a los revanchistas montoneros, y a los negritos peronistas del plan y el LCD. Sí, justos esos que se enriquecieron con gobiernos asesinos y devastadores.
Los diarios elucubraban preámbulos de terror ya vistos, que cristina sola no podría manejar. Pero los análisis olvidaban un factor clave: el pueblo. Nosotros. Podrá haberse ido un militante, uno muy importante, pero Néstor está acá, estuvo el domingo en la plaza. Late en el corazón de cada pibe que apoya un modelo que reivindica al pueblo y a la sociedad.
Hoy se cumple un año de la partida del mejor cuadro político desde el regreso de la democracia, y tal vez de uno de los mejores de la historia argentina. Que sumo adeptos en igual proporción que detractores, pero que será recordado por algo clave: fue el restaurador de la militancia, que siempre defendió. Se cumple un año justo, cuando ayer los genocidas finalmente observan la justicia y la memoria de una sociedad que luchó mucho por este momento, que hoy mira a esas mujeres que son pura lucha y puro pañuelo, y sabe que ahí también está Néstor.
A un año, hoy, las banderas están más altas que nunca, mirando al cielo en un sueño que vive todos los días.


