Se estrena Que la cosa funcione, de Woody Allen, cuyo desembarco estuvo previsto para abril. Por respeto al orden cronológico, la comedia que protagoniza Larry David debería haber desembarcado antes de Conocerás al hombre de tus sueños (que en Buenos Aires se proyectó a principios de año). *
María Bertoni - egresada TEA
Se estrenó Que la cosa funcione, película de Woody Allen cuyo desembarco estuvo previsto para el 15 de abril de 2010. Por respeto al orden cronológico, la comedia que protagoniza Larry David debería haber desembarcado antes de Conocerás al hombre de tus sueños (que en Buenos Aires se proyectó a principio de este año). Tarde pero seguro, su distribución en la cartelera porteña coincide con la reciente presentación deMidnight in Paris en el Festival de Cannes.
Alabada por algunos críticos locales, este no tan nuevo largometraje es el más parecido a los primeros trabajos del director neoyorkino. De hecho, Boris Yellnikoff es divorciado, judío, misántropo, hipocondríaco, marxista, agnóstico. La característica menos habitual de esta criatura con sello WA es la prescindencia del psicoanálisis (claro que -no es lo mismo pero es igual- el personaje termina enamorándose de una psíquica).
En este sentido, Que la cosa funcione corre el riesgo de desencantar a quienes la consideren una caricatura de lo que Woody alguna vez ofreció.
Salvando las distancias de rigor, Whatever works es a Woody Allen lo que Caín a José Saramago. En otras palabras, el último estreno del cineasta norteamericano*reedita de la manera más burda el clásico retrato de laintelligenzia neoyorkina, tanto que desaprovecha la calidad de un elenco irreprochable, integrado por Larry David, Evan Rachel Wood y Patricia Clarkson.
Tal vez por su sentido de la ironía, el creador de Curb your enthusiasm es el candidato más idóneo (al menos más que Kenneth Branagh, Will Ferrell y Jason Biggs) para interpretar al hombrecito neurótico que Allen encarnó durante años en películas propias y ajenas. Sin embargo, ni el TV showman ni otro en su lugar, ni siquiera Woody, pueden reparar los baches de un guión poco ingenioso e híper verborrágico (más de lo habitual).
Whatever works se reduce a una combinación de films anteriores. Por un lado, Boris Yellnikoff es divorciado, judío, misántropo, hipocondríaco, suicida, marxista, agnóstico. La característica más excepcional de esta criatura con sello WA es la prescindencia del psicoanálisis (claro que -no es lo mismo pero es igual- termina enamorándose de una psíquica).
Por otro lado, el protagonista se dirige al público del otro lado de la cámara como lo hizo el indignado Alvy Singer junto a Marshall McLuhan en Annie Hall; la joven, inocente y co-protagónica Melody se enamora de un hombre culto y mayor como Lee se enamoró de Frederick en Hannah y sus hermanas; los personajes resuelven sus vidas amorosas en un santiamén tal como sucede enTodos dicen te quiero… Y siguen las ¿felices? coincidencias.
Sepan disculpar la insistencia en una observación válida para los últimos trabajos de Allen y Saramago: el problema no es la falta de originalidad, sino el hecho de que tanta repetición engendre la peor caricatura.
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