En un Luna Park que estrenaba el Otoño, casi lleno; Buenos Aires fue nuevamente testigo de un gran espectáculo, donde la banda europea llevó a su público de viaje a lugares exóticos, demostrando que su esencia sigue intacta y que éste era el disco que hace años necesitaban encontrar
Soledad Fernandez Podesta - sitio egresados TEA
La cantidad de cosas que pueden suceder si esa tarde decidiste quedarte encerrado en tu casa y la otra infinidad si decidiste salir. Así parece que se dio el reencuentro de los hermanos Godfrey con la original cantante de la banda británica Morcheeba, la fabulosa Skye Edwards, que brillaba por su ausencia en la banda desde el 2003. Así. Así son estos chicos; se cruzan en la calle, quedan en llamarse y resulta que son de ese pequeño grupo de seres humanos que sí se llaman y se encuentran. Sus fans, agradecidos.
Virgen de Argentina y con una voz tan pura como personal, Skye deslumbró con simpatía y energía en el Luna Park. Sí, sí, energía. A los que creen que el trip-hop es todo relax, pies sobre la mesa y, por qué no, una generosa medida de alguna bebida espirituosa… tienen razón; pero, en vivo ella te hace parar, te hace cantar y, al final de todo, también te hace bailar. Los accesorios del show fueron de un completo buen gusto, limitándose a varias luces de diferentes tamaños que parecían extensiones de los brazos de la cantante.
Empecemos por el final. Todos parados, con los brazos levantados, algunos hasta se acercaron al frente del escenario por entre los pasillos que dejaban los grupos de sillas, a pedirle autógrafos a Ross Godfrey, soberbio guitarrista y co-creador de la banda. Sí, es Morcheeba, había sillas para todos y muchas parejas. Bastante gente de más de 35 años ¿Qué? ¿Qué tiene? Se los considera jóvenes todavía gracias a que le prenden una vela todas las noches al término “adolescencia tardía”. Los últimos temas fueron todos dedicados a los seguidores de la banda original, aquella que surgía en el ’96.
¿Con qué se despidieron? Con Rome Wasn’t Built In A Day, obvio, un hit indiscutido que dejó a todo el público con esa sensación que siempre se busca en los conciertos de: “tocaron mi tema favorito”; y, para otros: “el único tema que conozco”; aunque hubo un nítido y entonado coro en Over and Over.
De cualquier modo, de los álbumes en los que Skye Edwards no participó (The Antidote, de 2005, y Dive Deep, de 2008), claro que no sonó ninguno. Sin embargo, hubo para todos los gustos porque una bola de espejos iluminada de una manera particular y estéticamente maravillosa, acompañó al super chill out Slow Down. No faltaron Otherwise, Be yourself -que puso la piel de gallina a varios-, Friction, Part of the Process y The Sea, que fue el tema de apertura.
De Blood Like Lemonade, el álbum que los reencontró y sacó de gira en esta ocasión, sonaron dos pares de temas: Crimson, donde Ross Godfrey fue ovacionado; Even Though, Blood Like Lemonade y Beat of the Drums, donde Skye preguntó cómo se decía guy en español y la tercera respuesta que recibió fue: “Songo?… Pongo?… Ouuu, chongo!?”, y el lugar entero se deshizo en carcajadas. Así, puso a cantar a hombres y mujeres por separado para después repetirle al público a lo largo del tema unas seis veces (o siete?): “I can’t hear you! Come on!” ; un momento algo incómodo porque no cantaba nadie pero, bueno, era un tema nuevo. Además, a quién le importa, si todo volvió a ser cálido cuando Ross anunció que “el siguiente tema era para la gente enamorada… de la persona equivocada”. Blindfold se hizo escuchar y el coro, casi de iglesia, reapareció desde el sector Superpullman.
En un Luna Park que estrenaba el Otoño, casi lleno; Buenos Aires fue nuevamente testigo de un gran espectáculo, donde la banda europea llevó a su público de viaje a lugares exóticos, demostrando que su esencia sigue intacta y que, definitivamente, éste era el disco que hace años necesitaban encontrar. Con un Ross Godfrey que bebió tequila, dedicó algunos temas a amigos presentes e hizo lo que sabe hacer: arrulló a su guitarra como un auténtico lord inglés. Y una Skye Edwards que derrochó empatía y seducción; confesó que su excepcional vestido colorado furioso terminado en enormes plumas fue hecho por sus propias manos; y brindó con un whisky, también casi lleno, gritando:“Salud!”.
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Fotos
Ph. Matías Altbach
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