Había tantos inmigrantes en Buenos Aires, que tres de cada cuatro hombres adultos eran extranjeros. Tres de cada cuatro. Escribe Ulises Muschietti.
Ulises Muschietti - docente TEA
Esos hombres estaban solos. No parece casual que en esa ciudad, la del primer centenario, hubiera más prostíbulos que escuelas. La inmensa mayoría de esos hombres la pasaba mal. Tan mal, que basta con repasar las noticias que publicaban los diarios de la época para ver que diariamente, en las veredas de los conventillos donde se hacinaban las familias de trabajadores de muchas partes del mundo, había mozos que se tomaban a golpes o a cuchilladas, desesperados o celosos, ebrios o rabiosos, decepcionados, sufrientes. Y cada día había intentos de suicidio o suicidios exitosos. El diario La Prensa llegó a agrupar esas noticias en una sección fija: Los cansados de la vida. Es más que probable que Mauricio Macri no sepa nada de todo esto.
Los que se consideraban con títulos legítimos de argentinidad despreciaban a los inmigrantes, los caricaturizaban, los odiaban, además de explotarlos minuciosamente cuando tenían oportunidad y capital suficiente. Esas gentes incultas y rústicas degradaban cada día la lengua que la aristocracia criolla había heredado de sus mayores, introducían en el país comidas y costumbres, rasgos, apellidos, músicas, ideologías, una cultura ajena, en fin, aunque no fuera una sino muchas. Por si hubiera sido poco, hacían que los antiguos pobladores, la gente decente, se sintiera insegura: había barrios que era mejor no frecuentar de noche. Así era, también, la vieja Argentina añorada por los conservadores.
En ese entonces, bolivianos, paraguayos, chilenos, no constituían un problema. Estaban lejos de Buenos Aires. No había nada que distinguiera a unos de los jujeños, ni a otros de los correntinos o de los cuyanos. Todos juntos habían construido con su sangre y su sudor la misma historia, y todos eran igualmente explotados. No importaba realmente demasiado de qué lado de la raya los hubiera dejado la demarcación de las fronteras. Ahora son extranjeros, inmigrantes, y están aquí. Los bisnietos de aquellos sufridos trabajadores que habían cruzado el océano en busca de otra vida los señalan como intrusos. Tal vez no sea ocioso recordar que más allá de las ideas de cada uno, hay un mandato constitucional que cumplir. Esta tierra está abierta a todos los hombres de buena voluntad que quieran habitarla. A pesar de Mauricio Macri.
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