Todos los ojos del mundo, otra vez, se iban a posar sobre él. Todas las voces despiadadas, nuevamente, le iban a recordar todo lo que no había hecho en el Mundial pasado. Pero Messi, esta vez, no los dejó. *
Juan Butvilofsky - egresado DeporTEA
Petrificado por el miedo escénico, inspiré algo de aire, cerré los ojos con fuerza, y lancé la patada para despejar la pelota. Era la última bola de la final del campeonato de fútbol de cuarto grado. Ganábamos 1 a 0. Restaba tan solo un minuto para celebrar un campeonato…
Desgraciadamente, por rechazar a ciegas, el balón me rebotó en la tibia, adoptó un efecto extraño, y se coló por encima de la cabeza de mi arquero. Gol en contra. Golazo en contra. Estupor. Burlas hirientes. Y una nueva final para desempatar la cuestión, que debía disputarse el siguiente sábado… Obviamente, la semana previa fue un calvario. El –No faltes Butvilofsky, por favor, te necesitamos…-, que me gritaban los rivales en los recreos, no sólo me había abochornado; me había empujado a no participar del nuevo duelo. Era el perejil de la escuela. Pisar ese campo de juego, otra vez, iba a ser un calvario. Les confieso, estimados lectores, que no tenía ánimo… Y llegó ese sábado, y me encontró engañándome en la vereda del barrio, haciéndome el que no sabía lo que estaba pasando, hasta que el destino me calzó de un tiro los pantalones largos…
Fueron mi viejo y mi padrino los que me tomaron por asalto. Me subieron a un auto sin mi consentimiento, manejaron hasta el colegio, y me tiraron al escenario… La ovación que recibí me estremeció (la de los rivales, que me seguían cargando), pero no les hice caso. Corrí todo el partido como un alienado. Habré tocado, nobleza obliga, dos o tres pelotas (mal). Ganamos la final 1 a 0, con gol de Federico González. Festejamos comiendo chorizo a la pomarola. Aún me recuerdo riéndome, posando para las cámaras fotográficas, comienzo más chorizos a la pomarola, yendo al baño…
Con las salvedades del caso, Lionel Messi protagonizó una historia muy parecida a la que recreé en este relato. Todos los ojos del mundo, otra vez, se iban a posar sobre él. Todas las voces despiadadas, nuevamente, le iban a recordar todo lo que no había hecho en el Mundial pasado. La insaciable cátedra, como siempre, iba a debatir cruelmente acerca de su falta de puntería en choques pesados.
Pero Messi, esta vez, no los dejó. Eludió brasileños como quien gambetea tachos, y acomodó la pelota, la última bola del clásico, bien cerca de un palo… Tras la faena, al chico se lo veía feliz. En realidad, para ser más precisos, se lo notaba liviano, desahogado. La mochila ahora no le pesará tanto. Siempre es bueno animarse. Mis respetos para Messi, para mi viejo, para mi padrino, para mí, y para todos los que alguna vez volvieron a intentarlo.
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