El líder que muere siendo eje de la escena política remite a una historia circular; la diferencia es que Cristina no es Isabelita.
Javier Cachés - sitio egresados TEA
Llegó al poder casi por accidente, por una de esas grietas que se abren cuando la historia parece ser pura linealidad. Con una debilidad de origen muy marcada, supo restituir la autoridad presidencial con una vertiginosidad abismal. Su vida/política (aquí los términos se confunden e intercambian) fue, en definitiva, eso, la cifra perfecta del vértigo, el exceso, la desmesura.
Leyó como ningún otro dirigente el significado de la crisis del 2001; entendió que aquel momento constituía un punto de inflexión, una instancia que abría una hendija para desarrollar un nuevo campo de acción. Siempre disruptivo, Kirchner coqueteó en un principio con la transversalidad, una suerte de superación del bipartidismo que permitiese abordar y representar un conjunto heterogéneo de experiencias populares y progresistas. Ese intento se vio posteriormente truncado, pero el nuevo horizonte de temporalidad estaba abierto. La necesidad de marcar un quiebre con el pasado (con la dictadura y con el menemismo) lo llevó a emprender actos de reparación histórica hasta el momento insospechados, como la política de Derechos Humanos y la recomposición de la Corte Suprema. Aparece aquí, ante el recuerdo de este escriba, el acto de la ESMA de 2004. Es interesante marcar que no había una determinación histórica, una demanda insatisfecha de la sociedad –lo suficientemente relevante- que lo obligara al Presidente a tomar este rumbo político. Los desencantados setentistas, que pensaban que la Historia les había pasado ya por el costado, volvieron a sentirse interpelados por un proyecto que resituaba a la política en el centro de la escena. Política como praxis, como construcción de realidad, como imposición de la voluntad.
Los pilares sobre los que se sustentó el primer kirchnerismo son harto conocidos: reactivación económica (con altas dosis de confianza en el consumo y en el gasto), recuperación de empleo, política de Derechos Humanos, independencia de los organismos de crédito internacional (vía desendeudamiento), mayor presencia estatal y distanciamiento de Estados Unidos y nuevas (y estrechas) alianzas regionales. Kirchner invirtió los términos de la ecuación; comprendió que los desheredados del neoliberalismo debían ser activos de sus políticas públicas. La recomposición de las paritarias, las reformas jubilatorias y la mejora en el presupuesto educativo se inscriben en esta línea. Del mismo modo, los sectores tradicionalmente cercanos a los poderes fácticos comenzaron a mostrar su desenfado frente a la política oficial. Aquí la lista es larga y Kirchner no ha escatimado al momento de delinear adversarios políticos: los militares, el resabio del menemismo, la iglesia. Luego vendrían el campo y los medios hegemónicos. La certeza de que la construcción de identidad política se constituye a partir del antagonismo resultó una marca indeleble del proceso iniciado en 2003.
Néstor Kirchner dejó un país mucho mejor que el que agarró. Del infierno al purgatorio (tal la imagen que le gustaba usar), la presidencia de Cristina permitió emprender una serie de reformas institucionales y políticas mucho más refinadas. Con una economía sustentable, se abordaron problemáticas de mayor complejidad: ley de medios, asignación universal por hijo, estatización de fondos jubilatorios, ley de matrimonio igualitario.
Como sea, la desaparición física de Kirchner fue tan repentina como su ascenso al poder. Por lo menos, el haber muerto en su tierra trae a la cuestión un poco de justicia poética. Toda muerte joven tiene algo de absurda y de trágica, pero cuando la muerte azota a quien estaba en la cima de su carrera y en el vértice del poder, la tragedia –y la conmoción- es aun mayor.
El súbito final de Kirchner alimentará, también, el inagotable (e inabordable) mito del peronismo. La tragedia habita el movimiento. El líder que muere siendo eje de la escena política remite a una historia circular; la diferencia –valga la aclaración para los desprevenidos o los Rosendo Fraga- es que Cristina no es Isabelita. La presidenta es un cuadro político de una honda inteligencia, que ha sabido rodearse de políticos muy valiosos.
En política no existen los espacios vacíos. El lugar que dejó Kirchner será ocupado por otro(s). Lo cierto es que el último acto del ex presidente ha sido un hecho político en sí mismo. Su muerte le aportará la dosis de épica que el relato kirchnerista ha venido buscando desde su origen. Subyace, aquí, una duda no menor: saber si el modelo que delineó Néstor Kirchner puede trascender a su líder y extenderse en el tiempo, o si los sectores más concentrados del poder reinstalarán su agenda de temas. La masividad y las movilizaciones de estos días en las plazas públicas –con la juventud como notorio protagonista de las jornadas- en muestra de respeto y dolor, pero también en apoyo a Cristina Fernández, permiten ser optimistas respecto al futuro. Es tiempo de cambiar ese dolor por participación y militancia. Hoy Néstor Kirchner es el nombre de lo conquistado que hay que defender, y de las batallas que restan ser libradas.
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