Van al CRI (Centro de Recuperación Integrada), son chicos con capacidades especiales.

Mariana Mutti - estudiante TEA

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Y si bien la mayoría de los que están en la salita a la que fui pueden hablar bastante bien, pensé que me iba a ser más difícil llegar a ellos y meterme poquito en sus vidas. “Todo es confusión en la conversación, lo que hace falta es comunicación“, decía Gloria Estéfan en una de sus canciones, pero en este caso, se equivoca. Y debo admitir, que yo también caí en la trampa del prejuicio. Hoy, me doy cuenta que sí falta comunicación, pero esa falta, curiosamente existe entre las personas que más facilidades tienen para hacerlo.

 

Quienes van al CRI (o dicho correctamente Centro de Recuperación Integrada), son chicos con capacidades especiales, y si bien la mayoría de los que están en la salita a la que fui pueden hablar bastante bien, pensé que se me iba a hacer más difícil llegar a ellos y meterme al menos un poquito en sus vidas.

 

Sin embargo, la realidad fue otra y los chicos no me dieron ni tiempo a acordarme sus nombres que ya los escuchaba nombrar el mío para pedirme cosas, para charlar o, incluso para hacerme bromas.

 

Las primeras sensaciones

 

Desde Paulita que, aunque hacía un esfuerzo grandísimo para hablarme y yo no lograba entenderle demasiado, era la primera en regalarme una sonrisa enorme cada vez que me veía (fue algo realmente raro ver que una persona que prácticamente no me conocía, demostrara tanta alegría por mi simple presencia) hasta Román (que fue al que más tarde pude acercarme porque su única manera de relacionarse es riéndose o haciendo puchero), todos hicieron que no me diera cuenta de que estaba simplemente de paso.

 

Al principio creo que estaban como fascinados conmigo, no es muy común que alguien los vaya a visitar para quedarse todo el día con ellos, pero, rápidamente, esa fascinación quedó a un lado y dejé de ser objeto de atención para pasar a ser una persona más ahí adentro.

 

Empezando a formar parte

 

Belu, sentada en su silla de ruedas y con su cuerpo sostenido con una pechera, era quien a cada rato pedía mi ayuda. Hasta a veces parecía celosa al verme hablando con alguno de sus compañeros, y no tardaba en llamarme para pedirme algo. Perdí la cuenta de la cantidad de veces que escuché el “¡Marianaaaa!” con voz gruesa y rezongona, que usaba para que yo, como un soldadito, estuviera al lado de ella en cuestión de segundos.

 

Con Flor pasaba algo parecido, con la diferencia de que ella no habla. Mejor dicho, no habla con la palabra pronunciada, porque cuando tiene algo para decir, como sea, se hace entender. Si con las señas no es suficiente, entonces, agarra su carpeta-comunicador (donde tiene imágenes, palabras, letras y números) y señala, paso por paso, cada componente de la oración. Decía que pasó algo parecido, porque ella también me exigía su tiempo. Prácticamente me obligaba a sentarme al lado suyo y se ponía terriblemente celosa al verme cerca de Lara, otra de las chicas.

 

Justamente, Lara, fue la que menos importancia le dio a mi estadía en el lugar. Parecía más preocupada en pelearse con Flor que en cualquier otra cosa. Ni siquiera sé, si las pocas cosas que me contó (como que se había ido a España con la abuela o incluso, su edad que tuve que rogarle para que me la dijera) son verdad.

 

Con los varones de la sala, fue como un capítulo a parte. A los dos (no cuento a Román, porque como ya, expliqué me costó más llegar a él) les entré de la misma forma: el fútbol. Mauro, hincha de River, Ale, fanático de Huracán y yo de San LorenzoUna combinación explosiva. Pero, como decía, esa fue mi manera de iniciar algo con ellos, pero no fue lo que más nos unió. Ambos, tenían una misma preocupación: no poder ver el programa de Pettinato. Así que por ese lado vino el “Mariana-dependiente“.

 

Pero, ¿que podía hacer yo al respecto? En concreto, nada, pero al menos, podía mantenerles viva la ilusión de que “Petti“, escuchara (o mejor dicho leyera) el pedido que le hacían. ¿Cómo? Ayudándolos, como me pidieron, a escribirle un mail explicándole que, por culpa del nuevo horario del programa, no lo podían ver.

 

Nunca sabré si el mail llegó a destino, pero ellos quedaron contentos y las palabras y las miradas que usaron para agradecérmelo quedarán en mi memoria por siempre.

 

 

Fotos: www.minusvalido.net y www.infanciahoy.com

 

Nota: Las imágenes son a modo ilustrativo

(continuará…) 

 



Palabras claves: crónicas urbanas, CRI, Centro de Recuperación Integrada, chicos, capacidades especiales

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