Es un grupo barullero, de dos chicas y tres muchachos, jóvenes, casi adolescentes, que hablan en voz alta y se ríen con descaro. Están vestidos con los jogging que han pasado a constituir el atuendo casi universal de los pobres.
Ulises Muschietti - docente TEA
Da la impresión de que incomodan a los pasajeros más próximos. Antes de llegar a la estación Pasteur, se ponen todos de pie y se acercan a la puerta.
Una de las chicas, de pelo negro y brillante, encara de pronto a un hombre alto, de campera azul y roja, mira fijo a la cara de perfil, y grita, casi deletrea: “Vamo a fumá ba-se, pa-co”. El hombre se queda inmóvil y callado, con los ojos fijos en la ventanilla, detrás de la cual sólo hay un túnel oscuro. Una silenciosa tensión gana a todo el vagón. Otro de los miembros del grupo dice algo ininteligible, entre risas. La chica le responde “a la de tu mamá, puto, travesti”, siempre con la cara muy cerca del hombre alto. Muchos pasajeros observan de reojo. Nadie dice nada.
Cuando el tren ya está detenido en la estación, la chica hace un cuarto de giro y se baja con sus compañeros. Mientras camina por el andén, sigue repitiendo su letanía: “Vamo a fumá base, vamo a fumá paco”. Por la misma puerta sube un niño, de cara redonda y de pelo enrulado, de edad indefinible, que lleva en brazos a una nena de unos dos años. La chiquita toma pepsi cola del pico de una botella de plástico, mientras le chorrean los mocos.
El chico empieza a recitar su historia de mendigo que pide para alimentar a su hermanita, hasta que mira de frente al hombre alto, y lo interpela: “La piba estaba loquita, ¿no, señor?”. Sonríe con alegría, como si estuviera jugando. Cualquiera diría que ha visto la escena completa, y que sólo él se atreve a hablar de ella. El hombre parece sorprendido, pero no responde. Mete la mano en el bolsillo, ofrece una moneda. La nenita termina la pepsi y le pasa la botella vacía a su hermano. Él ya no sonríe.


