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Cada vez que regreso de un viaje, los paquetes de libros con las novedades editoriales se amontonan sobre mi escritorio de la redacción, y el sentimiento de frustración se repite como en una rutina desafiante: no porque se trate de libros malos (aunque sí los hay), sino porque en cada ocasión se confirma la imposibilidad de leerlo todo.
Entre los libros que recibí en estos días en la redacción, encontré una nueva edición -la séptima, según consta en la nota del autor que acompaña el volumen- de Los pichiciegos de Fogwill, editada por El Ateneo. Se trató de una azarosa coincidencia.
Fue justamente en libro que me llevé para releer en el vuelo de ida hacia Puerto Rico, en la edición que Interzona publicó en 2006. Me sorprendí aún más cuando en uno de los paneles que tuvo lugar en el reciente Festival de la Palabra, el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán trajo a cuento su reciente lectura de Los pichiciegos, también en el avión que lo llevaba a Puerto Rico. Se lo comenté a Paz Soldán, quien me respondió con un asombro mayor: "Pero es que un amigo me acaba de escribir preguntándome si lo había leído, porque se lo llevó en un viaje de regreso a su casa".
Ignoro si los tres leímos el mismo libro. En la introducción a esta edición, Fogwill dice que "debe connsiderarse la versión definitiva de la obra. Ante ella, repetiré que no he escrito un libro sobre la guerra (de Malvinas), sino sobre mí y sobre la lengua de uno que jamás escribirá contra la guerra, contra la lluvia, los sismos, ni las tormentas, y siempre contra las maneras equivocadas de nombrar y de convivir con nuestro destino".
PD: El libro me llegó con una dedicatoria reeditada de Fogwill. La misma frase, en versión graffiti, y con el mismo hedor que tienen los mails que suele enviarle a algunos periodistas.



