Pasarán cincuenta calendarios y un siglo, pero la historia del legendario trompazo que Mario Vargas Llosa le pegó a Gabriel García Márquez seguirá abriendo afluentes que a esta altura ni los biógrafos podrán remar.
Ezequiel Martínez - docente TEA
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Que fue en un cine; que fue en un aeropuerto. Que uno se había ido con una azafara; que se fue con una modelo. Que fue Francisco Higartua el que le puso un bistec en el ojo para bajar la hinchazón; que fue Elena Poniatowska.
Pasarán cincuenta calendarios y un siglo, pero la historia del legendario trompazo que Mario Vargas Llosa le pegó a Gabriel García Márquez seguirá abriendo afluentes que a esta altura ni los biógrafos podrán remar. Lo cierto es que el puñetazo estuvo, y ahí está la imagen del fotógrafo mexicano Rodrigo Moya que lo documenta.
Desde entonces, se ha hablado también bastante de las distancias entre Mario y Gabo. Ahora leo en uno de los blogs del diario colombiano El Espectador un nuevo brazo en ese ancho río de desencuentros. Fernando Araújo Vélez cuenta en su posteo Dos dedicatorias y un rencor, el peregrinaje de una edición de Historia de un deicidio (el elogioso ensayo que MVLL le dedicó a GGM, antes de los titanes en el ring) hasta conseguir que estuviese firmado por ambos autores.
Verdad o ficción, esto más o menos lo que habrían escribieron en orden de aparición:
"Por una mistad que nunca más será"
Mario Vargas Llosa
"Totalmente de acuerdo"
Gabriel García Márquez
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