Se complicó la crónica, se complicó el análisis. Veinte mil personas recibieron a la selección en Ezeiza. Habrá que ir algo más despacio. *

Alejandro Nogueira - finalista Estímulos TEA

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Se complicó la crónica, se complicó el análisis. Veinte mil personas recibieron a la selección en Ezeiza. Habrá que ir algo más despacio, camuflado (?): 

 
“ese 0.5% de los argentinos jugó su Mundial al costado de la Ricchieri”“es posible que esas miles de personas que fueron a Ezeiza no reflejen al hincha de cada domingo… es posible que esas personas para muchos no entiendan nada de fútbol”… “¿de dónde salieron todas esas personas? ¿No tiene tanto peso su presencia y sus palabras como la de los que firmaron la condena y el despido?”“¿No es más positivo para este equipo este apoyo que el supuesto aguante de todos esos barrasbravas, viajeros VIP al Mundial?””Resultó curioso que el apellido de ningún futbolista sonó en las letras de los cantos”
 
No vamos a mencionar el medio gráfico que debió atenuar su mordedura para no rivalizar con la manifestación pública. Alguna cuña de sospecha, representación de “otros muchos” y tibios canapés (de entrada) hacia la denostación del derrotado frente a la beatificación del victorioso.
 
Sorprendió a los mismos jugadores. La tibia selección de Pekerman (2006) fue recibida por menos de 3000 personas. Es evidente que la ilusión que generó esta selección fue muy superior. Y (por lo tanto) la caída, peor. Pero quizás, aparte de Maradona (o no) se valoró el todo o nada por sobre la tibieza.
 
Argentina, goleada (0-4), quedó quinta (mejor que el 6º puesto de 2006). Esa fue la primera sorpresa que, por extendida en los 23 días sudafricanos, puede perder efecto. Porque Maradona salió de Ezeiza con un conservador 4-4-2, un Verón omnipresente, un Jonás imprescindible, un Tévez suplente y las apuestas jugando al regreso en primera ronda. Y terminó con un audaz 4-3-1-2, Verón y Jonás en el banco, Tévez mordiendo hasta el último minuto y Argentina vestida de candidata mundial.
 
Porque el triunfo ante Alemania (1-0) de marzo (2010) fue la prueba de aceptación. Entonces, en ese marco, yendo (muy) de punto, Maradona pisaba el freno, miraba rivales y daba lugar al análisis pormenorizado (incluso es el único DT que deliberó en el Mundial con sus ayudantes) para acertar en todos los cambios realizados y en el rumbo trazado.
 
Pero en el curso acelerado, volvió a enamorarse de sí (como en Bolivia) y a casarse con axiomas traicioneros (equipo que gana no se toca). No hubiera sido garantía de triunfo. Tampoco de no paliza. Pero no hubiera sido Maradona: “yo soy blanco o negro, gris no voy a ser nunca”.
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Palabras claves: Maradona

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