Récord nefasto: 20 años sin jugar una semifinal. *
Guillermo Blanco - director DeporTEA
El profesor Signorini lo advierte. Messi llora, es un pibe. Llora porque perdió mucho más que un partido, fue la eliminación de un campeonato mundial, y ya van dos que lo gambetean justo a él, un adalid en eso de demostrar la descendecia de una mezcla de Diego y Houseman, por eso del scatto italiano, la sexta que ponía Di Stéfano para escaparse, el control remoto de play station que a veces supo servir para desde acá arriba creer que Lionel hacia lo que nosotros queríamos.Larga la frase y larga la diferencia entre esta Argentina maradoniana y grondoniana y una Alemania jugadora que dio clase de fútbol.
No hay demasiado más para hablar. Decía Piero hace ya tiempo que las cosas se cuentan solas, solo hay que saber mirar. Y acá si uno no mezcla el vino con la soda deberá reconocer que a más no se podía llegar en condiciones normales. Porque este era un equipo -de alguna forma hay que llamarlo- que no tenía elaboración clásica, con un medio campo en el cual se mancó Verón, terminando excluido lisa y llanamente. Y donde Maxi Rodriguez no estuvo ni por asomo a la altura de las circunstancias.
Fue muy poquito lo que se generó desde allí. Si hasta el mismísimo Messi debió bajar para hacer de mozo y cocinero, lo mismo que otras veces Carlitos Tevez. De no haber sido por ellos dos, y por la eficacia de Higuain en la primera parte del campeonato, el regreso hubiera sido antes.
Como también es cierto que si se hubiera apelado a un equipo más tocador, generador de juego y con todos los ingredientes que en nuestro corazón de futboleros argentinos llamamos la nuestra, estos gritos germanos que nos taladran los oidos en este semivacío estado de Ciudad del Cabo podrían haber sido cambiados por la maravillosa música del pueblo con cuatro sílabas únicas: Ar-gen-ti-na.
Ya está. Ya fue. Barajar y dar de nuevo es un ejercicio normal luego de cada ciclo. En éste la elección del técnico, mediático como ningún otro, famoso como ningún otro, necesitado de un reconocimiento como ningún otro, pareció la compensación para un establishment periodístico que pedía pragmatismo, ganar como sea, y hoy nos encontramos caídos desde arriba de la montaña mientras cada uno tratar de reacomodarse desde su hipocresía y sofismo, para que nada lo roce y sean otros los que paguen la culpa.
Pero cuidado, que acá no hay inocentes, ni siquiera los jugadores que incidieron para que un día se fueran Basile y Riquelme, ni los dirigentes que eligieron a Maradona para ampliar sus posibillidades planetarias de negocios colaterales, aún a sabiendas de que con la elección del plantel para el mundial las posiblidades no iban a ir más allá de donde se fue.
Queda como siempe que ocurre algo así, un pueblo futbolero a merced de opiniones diversas, que engendrarán violencia y desazón, pero que seguramente no contribuirán a mejorar a un enfermo, el futbol argentino, al que se le viene suministrando aspirinas mientras pocos lucran y muchos pasan a integrar un ejército de miradores autistas que no reaccionan y dejan que el río siga corriendo.


