Un córner, una peinada, un cabezazo de Snejider. Chau Brasil. Los invencibles también pueden perder. Y Brasil perdió por perderse en el pánico de imaginarse ganador siempre.
Carlos Ferreira - director TEA
Por Carlos Ferreira
El fútbol. Novela, cuento, historia, emoción. El de hoy fue un día inolvidable. Primero Brasil. Ganando, manejando el partido, pudiendo liquidarlo hasta un tiro libre, un desencuentro entre el arquero y un defensor (Julio César y Felipe Melo). Empata Holanda y, de pronto, Brasil cae en la desesperación. Se pierde, se confunde, se irrita. En esos momentos, en pleno desarrollo del partido, pienso que a Brasil lo está perdiendo la soberbia: la de creer que no puede perder, que ni siquiera puede empatar lo que parecía ganado. Y termina con uno menos -precisamente el enloquecido Felipe Melo- y además pierde con un gol que, según la teoría de los teóricos, es imposible marcarle a un Brasil supuestamente impasable por arriba. Un córner, una peinada, un cabezazo de Snejider. Chau Brasil. Los invencibles también pueden perder. Y Brasil perdió por perderse en el pánico de imaginarse ganador siempre.
Y a la tarde, un cuento que hubiese escrito el querido negro Fontanarrosa. La crónica estará en todos los diarios mañana sábado. Aqui, en estas líneas, lo único que me importa es lo que quedará en mi memoria para siempre. Que cuando se terminaban las dos horas de juego, Suárez, delantero, jugó de arquero para impedir el gol que le iba a dar a Ghana el pasaje a la semifinal. Penal y expulsión. Sin embargo, Suárez no sabía que había comenzado a clasificar a Uruguay. Porque tampoco sabía que Asamoah iba a errar el penal que sacaba del torneo a Uruguay. Y entonces penales. Y entonces, en el último, el decisivo después de que los ghaneses desperdiciaran dos. Un tipo llamado Washington Sebastián Abreu ejecuta el suyo y mete el pie debajo de la pelota, la pica suave y es gol y es Uruguay en semifinales. Para hacer lo que hizo hay que estar loco o hay que tener un coraje a toda prueba. Me inclino por lo segundo y le ofrezco mi homenaje. Ese penal, ese Abreu, marcó para siempre este mediocre Mundial invadido por miedos, temores, cuidados intensivos. Abreu pateó un penal decisivo como si le pateara a un sobrinito en el patio de su casa. Gracias, loco, me emocionaste. Nos ganaste a todos.
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