Las dudas sobre goles cobrados y no cobrados en este mundial hicieron que muchos exigieran el uso del “ojo de halcón”. Si lo hay en el tenis, o algo parecido en otros deportes, ¿por qué no en el fútbol?
Carlos Rodríguez Duval – docente Deportea
Una de fantasmas, ayeres y halcones
Por Carlos Rodríguez Duval – docente de Deportea
Muhammad Ali miraba impávido el entuerto, mientras Alfredo Di Stéfano escudriñaba con la atención de genuino experto, pocos meses después de haberse despedido como futbolista profesional en el Espanyol de Barcelona. Uno, boxeaba en esos días en Londres; el otro, era enviado especial de la agencia EFE (sus conceptos los moldeaba en nota el periodista argentino Luis Garro). Entre esas celebridades estábamos en el palco de prensa del estadio de Wembley aquel 30 de julio de 1966 cuando se precipitó “el gol fantasma” de Inglaterra durante el tiempo suplementario de la final del Mundial que significó el 3-2 parcial, preámbulo del 4-2 definitivo. Ese sí que fue polémico, con lo finísimo en la visualización de dónde picó la pelota. No este engendro de la versión del mismo enfrentamiento, en Sudáfrica 2010, porque el episodiodel gol escamoteado al inglés Lampard cuando iban 1-1 se metió como medio metro en la valla.
Hay una sensación de gol recargada en las vivencias de cualquier observador del fútbol cuando un disparo contundente supera al arquero, no se va por arriba sino pega en el travesaño y no rebota notoriamente hacia la cancha. A partir de ese instante misterioso, hoy en día, cualquiera podría pedir “un ojo de halcón ahí”. Si lo hay en el tenis, o algo parecido en otros deportes, ¿por qué no? Incluso hace pilas de años se emplea el photochart para determinar si un caballo le ganó al otro por el hocico. O podría haber recursos de más jueces de línea detrás y a los costados de la valla. Pero la FIFA dice no.
Geoffrey Hurst (un punta que en el curso del Mundial 1966, el director técnico Alf Ramsey había sido promovido en lugar del experimentado Jimmy Greaves) fue el autor de aquel rotundo remate. La pelota pegó arriba, en la base del travesaño (algunos supusieron que era en las mallas, es decir, gol, ahí, pero la trayectoria de la pelota no se hizo más mansa, sino fuerte), y como venía, la rechazó al córner el cuevero alemán Weber, el mismo que antes, había igualado el tanteador 2-2 cuando se iba el minuto 90 y que derivó en el suplementario.
Aquellos finalistas habían llegado por triunfos ante Argentina y Uruguay, partidos sugestivamente controlados por un árbitro inglés y otro alemán. Una mirada desconfiada, por los bueyes que estaban arando, era que por algunas cuestiones de esos juegos, se trataba de viabilizar una final con los protagonistas que se dieron. Era local Inglaterra y Stanley Rous, de esa nacionalidad, el sempiterno presidente de la FIFA. El árbitro suizo dudó, trató de cobijarse en el juez de línea soviético que vio gol, y a otra cosa.
Esta vez, el árbitro y el juez de línea involucrados en la apreciación de la jugada de Lampard, son uruguayos, pasibles de endilgárseles su acaso error más grueso en sus carreras. Además, los condenan a escala planetaria las transmisiones de televisión en directo, desmenuzadas con precisión y fruición por el miniespectáculo que constituyó en sí mismo ese trozo del partido. Porque en 1966, la tele llegaba bastante en diferido, no como ahora, que desnuda intimidades en directo y a toda hora.
Entonces, mensaje para la FIFA: un ayudita tecnológica por amor al fútbol. Un ojo de halcón ahí. O con más jueces cercanos. Quién le quita lo bailado al equipo que provoque semejante sensación de gol aunque no se lo acrediten, ¿no?. Pero tampoco se puede zafar así nomás de la bronca por una injusticia.


