Aún cuando racionalizamos -y racionamos- el fanatismo/ fundamentalismo que despierta una competencia masiva e internacional donde la Argentina es favorita, al menos para quienes adoran a nuestro actual DT Diego Maradona y para quienes recuerdan las victorias (no las derrotas) de contiendas anteriores.
María Bertoni - egresada TEA
Cuesta no dedicarle un post al Mundial 2010 aún cuando éste no es un blog futbolero, ni siquiera deportivo… Aún cuando a algunos nos fastidia la insistencia monotemática, léase 1) el comentario obligado en hogares, trabajos, negocios, consultorios, incluso en la vía pública; 2) la cobertura mediática uniformizada, 3) la parafernalia marketinera que montan los publicitarios para vender más… Aún cuando racionalizamos -y racionamos- el fanatismo/ fundamentalismo que despierta una competencia masiva e internacional donde la Argentina es favorita, al menos para quienes adoran a nuestro actual DT Diego Maradona y para quienes recuerdan las victorias (no las derrotas) de contiendas anteriores.
La autora de este post vivió su primer Mundial en 1978, cuando tenía cinco años y el país era sede del evento. En aquellos tiempos, muchos argentinos adultos ignoraban o se negaban a (re)conocer la existencia de centros clandestinos de detención donde se torturaba compatriotas al compás de los alaridos del relator oficial, José María Muñoz.
32 años después, quien suscribe todavía recuerda imágenes de una fiesta embanderadísima y cacerolera (en ese entonces, nadie sospechaba que décadas más tarde los utensilios de cocina regresarían a las calles para protestar). 32 años después, los integrantes de su familia sigue contando la anécdota de las felicitaciones telefónicas que les hacían llegar perfectos desconocidos, convencidos del parentesco con Daniel Bertoni.
En 1978, nuestra condición de anfitriones reforzaba el ánimo festivo. En 2010, la celebración del Bicentenario fue el primer plato de una reivindicación nacional cuyo menú también incluye postre con forma de cancha y/o balón.
Si hubiera nacido contemporáneo y argentino, tal vez Karl -¿Carlitos?- Marx habría escrito “el fútbol es el opio de los pueblos”. Pocos compatriotas le habrían dado pelota (valga la metáfora); la mayoría lo habría considerado un apátrida incapaz de disfrutar de esa argentinidad que, cada cuatro años, se convierte en unánime, fervorosa y sobre todo redonda.
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