Junto al esforzado soplido que cada joven sudafricano lanza a los vientos con su corneta multicolor para que el sonido fluya pletórico, vuelve a emerger el orgullo del negro que en proporción de 9 a 1 anuncia las vísperas del Mundial de fútbol como una extensión feliz de aquellos días de los ‘90 cuando Mandela produjo la liberación, ante un blanco todavía esquivo.
Por Guillermo Blanco - director Deportea (desde Sudáfrica)
Esto ocurre en cada semáforo donde los pibes flacos por naturaleza tanto como su futuro aprovechan de las yapas del gran negocio fifero para conseguir algunas monedas a cambio de banderitas alusivas. Donde los dueños de apartamentos han afilado sus garras para salvarse en estos tiempos mundialistas. Donde los blancos aún tienen sabrá Dios qué pluritos para no incorporarse de lleno a la movida y amagan pero no se suben con los dos pies a la calesita. Y donde los ojos y la sonrisa tibia de Mandela lo supervisa todo desde lo alto del monumento en la plaza que lleva su nombre y donde confluyen el pueblo y hasta el propio prócer, quien desde una de las habitaciones del lugar hace descansar su cuerpo de 92 años, 27 de los cuales los pasó en una celda de 4 por 4 en la desolada Robben Island.
Bien merecido lo tiene Sudáfrica a este Mundial, aunque haya que esquivar piedras por las construcciones aun pendientes y tambien autos aquellos que manejamos al revés, con el volante a la izquierda. Aquí quedan vestigios ingleses y entre ellos está el de manejar desde la derecha y con la mano de ida a la izquierda. No funciona bien internet pero tampoco ocurría esto en la desarrollada Alemania de cuatro anos atrás. Se está en un proceso de unión nacional imposible de lograr si no hubiera existido este nombre que lo envuelve todo y que hoy es un grito de paz, Mandela.
Hay miles de voluntarios, uno de ellos Ben, un moreno voluntarioso, sin que valga laredundancia, que no encuentra la dirección del apartamento, y tarda, y tarda, cuando al final somos nosotros los que adevertimos que otro es el camino. Pero uno no puede transformarse, ante este tipo de detalles, en otro más de esos argentinos quisquillosos que pululan por el mundo con sus aires de superioridad abstracta. Por eso pocos entienden que un trío de periodistas compartan la mesa con el chofer moreno al que cuidan y quieren y a él, que al principio no sabía cómo manejarse, ya se le ven hasta las muelas de juicio y hay que bajarle el volumen por las carcajadas.
Ahí anda Mario Kempes recordando con quien escribe momentos idos, como aquel encuentro con Maradona al llegar a River en el ‘81 en la casa de Diego que fue tapa de El Gráfico. Ahora el Matador tira una frase cordobesa para dejar en el papel. “En la Argentina tenemos jugadores como para hacer dulce”, y a su lado Alberto Brailovsky, aquel 9 que jugó con Bochini en Independinente, se pone serio y lo defiende: “Es una vergüenza que Mario no sea reconocido en la Argentina, yo sé en lo personal lo quee s porque cuando fui a la selección fue el primero en ofrecerme estar con él y aconsejarme, pero más allá de eso no tiene el lugar que se merece en nuestro futbol”.
Le decimos que puede ocurrir eso en la Argentina mediática pero así como la gente salió a las calles sin que la prensa lo convocara para el bicentenario, asi también Kempes está en el corazón de la gente, en el país real.”. Y el tema queda ahí, mientras Mario escucha en silencio.
Hay una gente de Canal 7 que ha ido al museo de Soweto, de donde volvieron con el ceño fruncido y un nudo en la garganta, lugar tan común como las sogas con las que acogotaran a tantos negros, varones y mujeres, sin distinción de edad ni sexo ni otra seña que no fuera el de ser negro. Está ahí nomás Soweto, digno y erguido, despierto de madrugada, ruidoso cuando Shakira se anime a cantar ahí. Silencioso Soweto, feliz su gente, la que está sacando el orgullo con su “Bafana,bafana” grito de guerra de su selección, que vuela por los vientos por el vendaval libertario que vierten las trompetas.


