¿Cuántos párrafos memorables, cuántas respuestas de entrevistados, cuántos datos secundarios pero significativos han quedado perdidos e irrecuperables en los cortes de un cierre de redacción?
Ezequiel Martínez - profesor TEA
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En los medios impresos los periodistas hablamos de "la dictadura del diseño". Con un espacio físico limitado por la cantidad de páginas o las características del diagrama, los textos originales sufren cortes despiadados o se suprimen recuadros de manera indolente. "No entra", "hay que dejarlo en quince líneas", "la foto no se levanta", etc. Si en las redacciones no existe un tribunal de apelación o una audiencia de conciliación entre periodistas, fotógrafos y diseñadores, es porque el ritmo de las noticias no permitiría semejantes deliberaciones.
Ahora me pregunto cuántos párrafos memorables, cuántas respuestas de entrevistados, cuántos datos secundarios pero significativos han quedado perdidos e irrecuperables en los cortes de un cierre de redacción.
No es el caso del texto que sigue, pero como Internet no tiene esos problemas de espacio, es un buen antídoto para publicar aquello que el papel resignó al tijeretazo. Hoy se publicó en Clarín una crónica de Daniel Santoro sobre el homenaje a Tomás Eloy Martínez en Cartagena de Indias. Me pidieron del diario un texto con mis sensaciones como hijo, pero el espacio asignado a las páginas de Cultura no alcanzó. O quién sabe, lo más probable es que no agregara nada y yo ya me he vuelto medio monotemático. Como sea, aquí va lo que escribí para el papel, que la tijera cortó y que el blog hospedó.
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A él le hubiese encantado estar ahí. No por el homenaje (que habría atribuido a un exceso de afecto), sino porque pocas cosas le gustaban tanto como estas reuniones con amigos que acortaban las geografías dispersas, que le acercaba abrazos demorados y le susurraba las últimas noticias de unos y otros, esas mismas que luego digería y regurgitaba con aderezos de su propia cosecha en el siguiente encuentro que tuviera a mano. “¡Cómo le gustaban los chismes, pero a la vez qué discreto era!”, me confirmó Mercedes Barcha, la mujer de Gabriel García Márquez, la última noche que nos vimos en Cartagena de Indias.
Cuando Jaime Abello Banfi, director de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, nos invitó a mi hermano Gonzalo y a mí para participar de este recuerdo a mi padre en el marco de la reunión de maestros en la que se celebraron los 15 años de la FNPI, ni siquiera estábamos seguros de que Gabo estuviese en la ciudad. Pero apareció la misma noche en que llegamos al restaurante donde nos dieron a todos la bienvenida. “Vamos a saludar a estos muchachos”, dijeron él y Mercedes cuando nos reconocieron en la cabecera de la mesa. Entonces llegó un abrazo sin palabras, pero que las contenía todas.
Así fue con cada amigo que nos cruzamos en esos dos días cargados de emociones cambiantes, donde el cariño se fundía con la tristeza, el orgullo con la melancolía, la generosidad con el respeto. Y fue así también la tarde del homenaje, cuando las palabras del nicaragüense Sergio Ramírez, las del argentino Martín Caparrós y las del venezolano Sergio Dahbar resumieron su trayectoria como escritor, periodista, maestro y amigo.
En secreto, con Gonzalo deliberábamos acerca de cuál de los dos hablaría primero. Nos tocaba el cierre, compartir la herencia sanguínea de ese padre que ya no está pero que sigue hablándonos en sueños, despertándonos con su mirada transparente, arropándonos con su sonrisa bondadosa. En realidad, la discusión fraternal se resumía a una sola cosa: cuál de los dos iba a quebrarse primero. Los Martínez somos de moco fácil y el amor no distingue entre duelos públicos o privados. Entonces Gonzalo leyó el fragmento de una carta que el Papá nos dejó a sus hijos: “Desde hace tiempo siento que la muerte está cercana. Lo siento, sin temor y con la esperanza de morir como siempre escribí, con los ojos abiertos. Lo que queda de mí y quedará en la vida futura es lo que hice, el amor que les tuve y la melancolía por no poder estar más tiempo con ustedes”. Y ahí sí, lloramos todos. Porque el amor tampoco distingue entre hijos, amigos o conocidos. No late en un libro o en una crónica periodística. Respira en cada abrazo genuino como los que trajimos de Cartagena. Agarralos Pá, son todos tuyos.
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