Apenas un año y un mes transcurrió desde que Bianchi retornó a Boca.
Juan Pablo Veli - alumno DeporTEA
Aunque no para ocupar el banco que él mismo transformó en una silla eléctrica, gracias a su abanico de éxitos, sino para ocupar el emergente rol de manager. Pero pasó lo inevitable: tras las salidas de los dos técnicos (Ischia y Basile) con los que convivió desde su nueva función, desde la dirigencia y el público le pidieron, le exigieron, que asumiera como entrenador, la mejor faceta que se le conoce, junto con la de ser goleador. Y el Virrey, firme en su posición de que él firmó para ser manager, habría determinado desvincularse del club de La Ribera.
La llegada de Bianchi a Boca nació como una jugada política del presidente Ameal por intentar imponer su presencia y fortalecer su gobierno, que no fue designado por sufragio popular sino por herencia del fallecido Pompilio. Con la contratación del Virrey, Ameal, un nombre poco registrado entre los hinchas xeneizes, buscó dar un golpe. El mismo Ameal reconoce que su conocimiento sobre como gestionar el fútbol es limitado, por eso intentó delegar esa parte en un nombre ilustre como el de Bianchi, quien debía ser la carta fuerte de su mandato.
Más allá de que experimentó esa función en el Paris Fútbol Club en los años 91 y 92, a primera vista, su capacidades burocráticas parecen no asemejarse a las del glorioso director técnico. Desde el vamos hubo demasiadas incógnitas alrededor de su asunción, enterradas por lo que el efecto de su nombre genera en la mayoría de los corazones boquenses. En primer lugar, según describió Ameal, con su desembarco buscaban controlar las finanzas y reordenar contratos, para darle estabilidad a una economía maltrecha. Por lo tanto, fue contradictorio que, en un principio, su salario fuera de 2 millones de dólares, para luego pasar a ser de 1 millón (solamente superado por lo que ganaba Riquelme), recortado por sus propia facultades. No fue él quien acudió a pedirle trabajo a Boca, sino que Boca le ofreció el cargo y accedió a pagarle esos emolumentos tan cuestionados por algunos.
El plan original incluía la idea de que pudiera reducir los contratos más altos del plantel y los pesificara. Sin embargo, el Virrey explicó que no quería tener que renegociar con aquellos jugadores con los que había dado tantas vueltas olímpicas y con los que lo unía una relación especial, caso Palermo e Ibarra -ni siquiera participó de la compleja renovación del Negro-, por ejemplo. Por este lazo afectivo, tampoco inició la requerida depuración del plantel. Otra mancha de contradicción. No quería ser quien cortara las cabezas del mito que él mismo inicio por 1998.
Bianchi tiene muchos enemigos, adentro y afuera del club, dirigentes y periodistas. Su llegada generó divisiones internas, desplazó a ciertos directivos y le cortó negocios a más de uno, dirigentes y periodistas. Por caso, muchos intermediarios dejaron de sacar jugosas tajadas por los traspasos. Uno de los argumentos preferidos de los enemigos de Bianchi es la supuesta predilección de los jugadores representados por su hijo Mauro, pero ¿cuántos refuerzos trajo Boca que sean representados por él?
Si de por sí la patente Bianchi siempre sobrevuela por la Bombonera cuando un técnico tambalea, cómo no iba a impulsar más presión incrustado desde el corazón mismo de Boca. Era una obviedad que ante el primer traspié la aclamación popular iba a solicitar al Bianchi DT. Ni con Ischia ni con Basile su relación habría terminado en los mejores términos. Ribolzi y Dibos le apuntaron como uno de los detonantes de la renuncia del Coco. Los rumores dicen que delega demasiado en el dirigente London, hasta la totalidad de las negociaciones, lo cual suma más incógnitas sobre cuáles son sus responsabilidades.
Lo que Ameal presumió como una fortaleza, terminó generando un efecto adverso. Después del segundo superclásico de verano, se definiría si soporta seguir perdiendo parte de la aureola que se ganó siendo el estratega que le dio nueve títulos al cuadro azul y oro.
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