La primera vez que lo vi sentado en aquel banco de cemento sin respaldo de la plazoleta de 9 de Julio y Belgrano lo reconocí enseguida. La misma frente despejada y la misma la piel bronceada con la que aparece en las fotos desde siempre. Las mismas arrugas imperturbables de sus 83 años.
Ezequiel Martínez - profesor TEA
Me sorprendió, sin embargo, su actitud de escultura inanimada, como si él mismo fuera un paisaje obsoleto de la ciudad. La foto no miente: la curva de su espalda apenas vencida, sus manos sosteniendo un libro de hojas gastadas, como si sobre esas páginas se hubiesen derramado todas las manchas de una vida.
Y su mirada perdida dentro de ese libro, como quien mira sin ver. Sola en medio del tumulto; silencio incrustado en medio del bullicio. Había que tomarse un tiempo para descifrar la escena, pero el tránsito apuraba mi auto y apenas hubo un instante para tomar esta imagen con el teléfono celular.
Pero lo volví a ver otras veces, a la misma hora y en el mismo banco. Doblo por Belgrano hacia la 9 de Julio y ahí sigue, con el mismo libro añejo doblado con descuido, la misma mirada adormecida. Sospecho que se apropió de ese mínimo espacio público como quien toma por asalto un escritorio improvisado.
Durante mi adolescencia y juventud, igual que ahora, llevé una rutina de lecturas eclécticas. Sus libros se sumaron a esa avidez por leer cualquier cosa que cayera en mis manos, sobre todo por la provocación de títulos extravagantes como Yo también fui un espermatozoide, Carta a mi futura ex mujer o Las boludas. De las pocas obras de teatro que leí en mi vida, ¿Quién, yo? es una de las que recuerdo con más simpatía. Debo confesar que me quedé ahí y no lo seguí leyendo. Con los años, volví a cruzármelo en los zappings de programas farandulescos o pseudo periodísticos, con su transgresión convertida en una marca registrada.
Ahora me lo cruzo casi a diario desde la ventanilla del auto: Dalmiro Sáenz siempre espera ahí, atendiendo a la nada en su despacho de utilería.


