Venía de golear a Gimnasia y amagó con terminar bien el año, pero la ilusión duró poco. La cortó San Lorenzo con tres cachetazos. Escribe Juan José Panno, para Líbero.
Juan José Panno - director TEA
¿Qué le pasa a Palermo, que se queja de que los compañeros no le pasan la pelota, pero cuando tiene una muy sencilla como la de ayer en el comienzo del partido se confía demasiado y termina pateando al cuerpo del arquero?
¿Qué le pasa a Cáceres, que parece desconcentrado y encima se resbala y pierde pelotas fáciles?
¿Qué le pasa a Morel Rodríguez, que no acierta en los pases, no toma a nadie en las pelotas detenidas y da ventajas que antes no daba?
¿Qué le pasa a Monzón, que no puede responder a la sencilla idea de tapar a Rivero y actuar en yunta con Krupoviesa para cortar los encuentros de Pintos con Rivero?
¿Qué le pasa a Gaitán, que venía de una gran actuación contra Gimnasia y esta vez no pesó?
¿Qué le pasa a Mouche, que entró fresquito en el segundo tiempo y se paró sobre la izquierda para aprovechar las debilidades de Aureliano Torres, pero no desbordó nunca por ahí, ni tampoco cuando se fue del otro lado?
¿Qué le pasa a Basile, que no les llega a los jugadores, se enoja con los fotógrafos, sostiene a algunos históricos que están lejos de su mejor nivel y no da ningún tipo de explicación a los hinchas a través de los periodistas?
A Boca le pasa, en general, que es muy ciclotímico; que se deprime ante el primer contratiempo; que no se siente respaldado en el arco, aunque Abbondanzieri no tuviera ayer ninguna responsabilidad en los goles; que no parece sentir ninguna motivación y que ya no asusta a nadie con sus ataques.
Anda mal del Coco, Boca. Muy mal.
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