Cómo funciona el mundo swinger porteño. Cerca de la medianoche, en pleno Barrio Norte y rodeado de edificios elegantes y bares de moda, hay un lugar que todos los vecinos conocen pero ninguno se anima a nombrar.
Verónica Apro - alumna TEA
Es que detrás de esa puerta discreta, con un pequeño cartel que apenas se ve, parejas swingers se encuentran para dar rienda suelta a sus fantasías sexuales. Una luz tenue ilumina la pista de baile y en la barra comienzan a servir los primeros tragos mientras la música invita a bailar melodías sensuales y algunas parejas se van acercando a la pista.
Apenas me acerco a la barra a pedir un trago, Nito, el barman, se da cuenta de que soy primeriza y me lo dice, para luego pasar a explicarme cómo funciona el tema del intercambio de parejas. “La mayoría son habitues de varios años, se conocen entre todos. Las chicas que vienen solas generalmente lo hacen por curiosidad y pocas veces se animan a debutar en la primera noche. Y los hombres que vienen solos” - hace un silencio y sonríe de costado- “son básicamente pajeros que van a los reservados y se masturban viendo a los demás, no recuerdo haber visto a ninguna pareja que incorpore a un tercero varón, en cambio a mujeres solas, todo el tiempo”. Por toda respuesta, le explico que vine por curiosidad y no sabía si me iba a animar a “hacer un trío” pero que al menos estaba dispuesta a sacarme la duda sobre cómo funciona el mundo swinger.
Minutos después, la música empieza a sonar más fuerte y las luces de la pista se apagan para dar lugar al show erótico que protagoniza una pareja de strippers que luego de quitarse toda la ropa, tienen sexo en vivo, para beneplácito de los presentes. Nito me había sugerido que me quedara en la barra durante el show porque suele suceder que los espectadores “levantan temperatura” y me podía llevar una sorpresa, quizás agradable, quizás no, cuando alguno de los presentes quisiera encararme.
Sin dudar acepto su consejo y sigo observando rostros, cuerpos, movimientos y miradas para tratar de entender cómo esta gente disfruta viendo a su pareja gozar con otro u otra. Sin haber llegado a ninguna conclusión evidente y ensimismada en mi investigación, un susurro me sorprende por detrás. Al girar me encuentro a un cincuentón canoso, muy bronceado - sospecho que de cama solar-, y con voz seductora me pregunta si estaba sola, y al responderle que sí, llama a su esposa que estaba bailando con una pareja y me invitan un trago.
Carlos y Liliana, casados hace 25 años y con hijos adolescentes, me cuentan que son swingers hace 10 años, y debutaron con una pareja amiga de ellos del club que practicaban el intercambio hacía varios años. Carlos afirma que la experiencia les cambió la vida: “ver a mi mujer gozando con otro me calentó como nunca. Fue como volver a ser joven, una inyección de pasión que nos rejuveneció a los dos”. Es una pareja abierta, desinhibida y disfrutan de los tríos, ella prefiere estar con dos hombres y a él le fascina estar con dos mujeres por lo cual se turnan en complacer al otro. Esta vez le tocaba a Carlos el trío con Liliana y alguna candidata que les gustara a ambos. Al darme cuenta de que yo era la opción elegida, les explico que era la primera vez que iba a un lugar así y que creía que me iba a llevar más tiempo animarme a tener una experiencia swinger, y les pedí disculpas por si había herido sus sentimientos, pero decididamente me dijeron que no había problema y se levantaron en busca de otra chica con la cual poder concretar el trío esa noche.
Terminado mi segundo trago de la noche, decido ir a ver dónde está la acción y camino por un pasillo oscuro y aunque la oscuridad del lugar no me ayudó, me guío por los jadeos y respiraciones agitadas que van in crescendo a medida que avanzo. Llego a un salón muy poco iluminado donde pude distinguir enormes sillones y tarimas por todo el lugar y grupos de a dos, tres o cuatro, semidesnudos disfrutando del goce propio y del ajeno. De todas las edades y tamaños, los cuerpos se entremezclaban en un sinfín de movimientos que si bien no alcanzaba a ver con claridad, podía adivinar a través de las sombras y los ruidos.
Luego de algunos minutos de estar parada en el umbral del salón y habiendo rechazado algunas invitaciones para participar de la “fiesta”, decido que ya había visto suficiente y salgo a la calle a tomar aire fresco y a despejar mi mente de la bacanal que había presenciado. De regreso a la tranquilidad de mi casa, me puse a pensar en mis fantasías sexuales y me di cuenta de que la realidad, en este caso, había superado ampliamente mi imaginación.



