La práctica y el mundo del boxeo en la Argentina, desde sus comienzos hasta la actualidad. Trabajo ganador en el concurso anual de la escuela de periodismo DeporTea.

Roberto Parrottino - alumno Deportea

Compartir: 

En sus inicios en la Argentina, el deporte de múltiples campeones mundiales era un juego de circo y elitista. Con una mezcla musical de fondo que luego sería materia de identidad y exportación, peleó para ser una actividad plural que hoy, un siglo después, es una vía de ascenso social. Una historia de combates ocultos, visitas ilustres, ensañamientos de prensa y glorias prominentes.
 
“Frente a frente, en el ring nos pusimos / cada cual abrigaba una ilusión 
Vos querías entrar con desprecio / y dormirme, nena, el corazón”.
Nocaut de amor, único tango boxístico grabado por Carlos Gardel
 
Patrick Mc Carthy le asestó el golpe final de una paliza a Abelardo Robassio. Y empezó a rodar una historia. El irlandés, un boxeador de espíritu anglicano, noqueaba en el quinto round al italiano. Sin saberlo, lo inscribían para siempre. El reverdecer del boxeo en Inglaterra se aglutinó en Argentina, tal vez, en aquella pelea del 9 de octubre de 1903. Luego, llegaría el dominio de Estados Unidos, su boxeo sangriento, la TV, los millones, los negociados, los campeones mundiales nacionales. La velada, organizada en la entrada de la revista El Gladiador, había sido un éxito. Miembros de las familias ricas y poderosas asistieron con gusto a Avenida de Mayo 1139.
 
El futuro diputado Carlos Delcasse, en cuya quinta de Belgrano se celebraron los primeros combates, ofició de árbitro. El multifacético Jorge Newbery, un bon vivant impulsor de los deportes en suelo argentino, actuó de presentador ante un público de levita y bastón. Pero el time keeper resulta aún hoy paradigmático: Francisco Beazley, jefe de la Policía porteña, controló el tiempo de una actividad prohibida en la Capital desde 1892. Beazley, un antecesor del coronel Ramón Falcón, se distendía de la persecución a extranjeros anarquistas, comunistas y socialistas bajo la joven Ley de Residencia. Don Pancho, quien fuera presidente del Jockey Club, era el “jefe de los esbirros de la Capital”, como apuntó entonces el periódico socialista La Vanguardia. 

“Era un recreo para la gente pudiente. Las similitudes son dos tipos entrenados y dispuestos a pegarse dentro de ciertas reglas que no han variado demasiado. Lo otro cambió como el mundo. Antes, para ver una pelea, tenías que ir al estadio o escucharla por radio. Hoy la ves por Internet. Antes se ganaba un porcentaje de la recaudación. Hoy se habla de porcentajes de pay per view. Antes, se peleaba a cámara lenta. Hoy hay que tirar 300 golpes por round. Antes, tenías que hacer 100 peleas para consagrarte. Hoy está lleno de entidades y cualquiera es campeón”, analiza Carlos Irusta, especializado y experimentado periodista de El Gráfico.

La pelea del “arte de la defensa propia” -una concepción inglesa del boxeo- entre Mc Carthy y Robassio, sin embargo, sólo es la primera profesional en la historia oficial. ¿O acaso en 1892 se prohibió algo que no existía? El deporte de las orejas arrepolladas, como se lo conoció al inicio, brotó a mediados del siglo XIX en los andurriales linderos al puerto de Buenos Aires, donde marineros anglosajones se trenzaban a puñetazos y casi siempre con apuestas de por medio. Los barcos, cafetines, salones, teatros, sótanos y burdeles albergaban los nacientes desafíos, en los que golpes, tragos, comida y prostitutas se fundían con una mezcla musical de fondo que muchos años más tarde sería Patrimonio de la Humanidad: el tango. 

El 17 de julio de 1892, cuenta el periodista Julio Ernesto Vila en 20 campeones y una leyenda, La Nación detalló una pelea entre los británicos Tom Bull y George Davies, en el salón La France, con una bolsa en juego de 800 pesos. Y agregó: “Tenemos ya instalado y en pleno y popular funcionamiento un nuevo sport basado en el noble arte de molerse los huesos a puñetazos”. En septiembre, después de un festival en el Teatro de la Zarzuela en el que actuaron magos, cantantes y cirqueros, y con el repudio de los diarios (“interés inhumano”, de “mal gusto”), el Consejo Deliberante prohibió el boxeo. “Es inmediatamente aprobado un proyecto del concejal Dr. Carrasco prohibiendo en absoluto las funciones de box, sirviendo de fundamento a su autor, la repugnancia que esta clase de espectáculos ofrece”. Tras el tema del boxeo, continuó la regulación de los prostíbulos. No hubo acuerdo.

Los cafishios de los burdeles, se dijo por lo bajo, tenían dinero suficiente para la coima. El boxeo, tan sólo entonces, no era un negocio rentable. 

“El recuerdo que tengo del boxeo -hace memoria Sergio Víctor Palma, campeón del mundo en 1980- es que era algo muy prestigioso. Los boxeadores eran superhéroes. Me fascinaba la audacia que tenían para resolver los problemas con habilidad y fuerza”. En la nacionalización del boxeo, es cierto, Newbery y los suyos tuvieron mucho que ver. Desde los cruces en las casas de Delcasse y las giras hasta la constitución de clubes y de la misma Federación Argentina de Box (FAB). 

Las reuniones en la quinta de Delcasse eran íntimas, describe el periodista Alejandro Guerrero en su biografía Jorge Newbery, conformadas por abogados, banqueros y médicos. En la actualidad -y en gran parte de la historia- la mayoría de los boxeadores llegaron desde los márgenes. Pero en 1900, en la Casa del Ángel de Delcasse, el elitista Cercle de I`Epèe reunía a los apellidos de la clase acomodada. Los Roca, Sáenz Peña, Rodríguez Larreta. La Casa del Ángel -demolida en 1977 y hoy shopping- fue parte junto a sus habitúes de la “primera historia” o “prehistoria” del boxeo argentino. “La magia, igual, no cambia, porque el boxeo es un deporte de los orígenes. Está entre las principales actividades del ser humano.

Tiene que ver con la supervivencia. Siempre tuvo esa cuota de magia, de talento personal”, advierte Palma, un ex boxeador chapado de intelectual en el deporte preferido de los intelectuales.

Guerrero, que escribió una biografía de Newbery pero su idea original era una historia social del boxeo argentino, cuenta que a partir de los primeros tiempos del siglo XX se incrementó la actividad gracias a la radicación de boxeadores extranjeros, como los británicos Willie Gould y Alfred Culpin. Gould y Culpin, en efecto, allanaron el camino para la creación del Buenos Aires Boxing Club, el primero de boxeo en Argentina, luego de una pelea de 1908 en la Sociedad Sportiva de Palermo. “Si un extranjero hubiese asistido al match esperando ver un público de baja estofa como el que asiste a los grandes matches en San Francisco, Nevada o Los Angeles -se leyó en La Nación- se habría equivocado de medio a medio. Lo que había allí eran maestros de armas que encuentran que el boxeo es brutal pero no se pierden un sólo encuentro”.
 
Más allá de la connivencia entre los practicantes aristocráticos, la Policía y algunos políticos, el diario sumó: “Si un psicólogo analizara los diversos deportes, acaso hallaría que quienes gustan del espectáculo del boxeo son espíritus sportivamente anormales”. Y concluyó: “No fue éste el primer match realizado en Buenos Aires, ni será, probablemente, el último”. Irusta, un siglo después, realista e irónico, aporta: “El boxeo hoy en la Argentina es un deporte semi marginal, que no tiene ni cobertura periodística ni gente que lo difunda. Se lo tiene como una actividad de clase baja y no aparece en diarios ni revistas; salvo cuando se muere un boxeador o un boxeador asesina a alguien”.  

“Estamos viviendo décadas muy tristes”, completa Palma. “El boxeador es basureado y el gran público no conoce a los boxeadores. No obstante, es tan inconfundiblemente popular que hay trasmisiones de TV y tienen rating”. Al comienzo del siglo XX, como una figura ilustrativa del prominente cambio, el francés Santiago Jacquier, en su academia de la galería Bon Marché de la calle Florida, cayó ante Juan Britos, su ayudante criollo. Santiaguito, envuelto en la bandera gala, desafió al Negro Britos, envuelto en la bandera argentina, a raíz de un problema de “polleras”, según relatan las crónicas, y a pesar de los 20 años de diferencia y 30 kilos en contra, el alumno superó al maestro. 

El inicio del siglo, además, marcó la expansión de los deportes británicos a otros sectores de la sociedad. El boxeo, cajetilla, caló hondo en el corazón popular. Cómo el fútbol. En 1913, un grupo de jóvenes socialistas ya había fundado el Internacional Boxing Club. Luis Angel Firpo, Toro Salvaje de las Pampas, licencia número uno, saldría del Internacional. Pintura del crecimiento, en enero de 1915 se presentó en Buenos Aires Jack Johnson, uno de los más notables campeones de los pesados de todos los tiempos y el único elogiado por Muhammad Ali. Fue Ali quien se reflejó en su historia. 

Johnson, nacido en Texas, fue el primer campeón del mundo en posesión de la corona en venir al país. Aunque, más valioso, en 1908 había sido el primer campeón negro entre los pesos completos. El racismo imperante en Estados Unidos lo envió a pelear ante Tommy Burns en Sydney, Australia. Johnson, en la nación del Ku Kux Klan, era todo un agravio. Y así, tres meses después de sus presentaciones en la tarde-noche de Palermo, Jess Willard, una de las “Esperanzas blancas”, lo volteó en La Habana. Viejo y enfermo, Johnson diría que un puñado de dólares lo obligó a tirarse y a esquivar los golpes torpes de Willard, quien a tres años de quitarle el título se derrumbó por una golpiza de Jack Dempsey. El Gigante, amenazado de muerte y perseguido por supuesta trata de blancas, en verdad quería regresar a su casa y sin el título de campeón le sería mucho más fácil. “En las primeras épocas los boxeadores eran milagrosos, de una calidad impactante, aunque no hubiese gente que supiera enseñar boxeo”, sostiene Palma, con la mente puesta en Johnson.  

Para los festejos del centenario de la Independencia, en 1916, Marcelo Peacan del Sar, entonces presidente del Buenos Aires Boxing Club, empeñó parte de su fortuna en un espectáculo anacrónico al estado del boxeo argentino. “La aventura del Centenario” consistió en invitar a un conjunto de púgiles de renombre, en su mayoría negros, excluidos de competir con los blancos en el marco de un “pleito racial”. 








La intención de celebrar un Campeonato Mundial del Centenario en la Capital se vio rápidamente abortada. El permiso especial, obtenido un año antes en la visita de Johnson, no se logró. De todos modos, Tucumán surgió como alternativa. Y en julio, boxeadores de la talla de Sam Langford, Sam McVea y Joe Jeannette, entre otros, arribaron al norte argentino. El espectáculo no pudo salir peor. Varios no se presentaron y la deuda de Peacan del Sar era abultada. En 1922, recuperado, Peacan del Sar creó Boxing, la primera revista de este deporte en Argentina. 

Por esos años, el boxeo estaba permitido en Avellaneda y Barracas y la apertura social de su práctica ya era evidente. El 23 de marzo de 1920, al cabo, se fundó la FAB, con el apoyo de los clubes de elite, que eran mayoría, como el Hue-Guen de José Alfredo Martínez de Hoz (padre), y de los otros, como el Barracas Central de Alberto Festal. 

“La pelea del siglo” en Nueva York entre Firpo y Dempsey estaba ahí nomás, al igual que la aceptación municipal del deporte. Pascualito Pérez y la primera vez, Carlos Monzón y la gloria máxima y Omar Narváez en los últimos años, homologarían tres estaciones de esta historia.

El boxeo previo a Firpo y a su definitiva legalización, como tituló un capítulo Guerrero, era “Cosa de negros, de marineros y de niños bien”. Y todos, a su manera, dijeron presente.
 



Palabras claves: boxeo, historia, argentina

No se encontraron Blogs relacionados

No hay comentarios en este Articulo



TU COMENTARIO

IMPORTANTE: Los comentarios son moderados y no se publicarán inmediatamente, no republique si no los ve. Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no representan necesariamente la opinión de Blogsdeteaydeportea.com. Todos los comentarios anónimos ofensivos o injuriosos serán borrados.


Nombre:
E-mail:
Comentario:
Validar:

Ultimos 10 Blogs
  • Nos Digital
  • La Final digital
  • Ricos lugarcitos
  • Simplemente Natación
  • Puntos de vista
  • Sale de abajo
  • El ruido en el hormiguero
  • 2C de la noche
  • 2B de la tarde
  • 2C de la tarde