Represión, plata y golpes bajos a la organización de los trabajadores. El conflicto que trascendió las paredes de la planta de Terrabusi, escapó a las manos de los patrones y cobró trascendencia nacional.

Belisario Sangiorgio - sitio egresados TEA

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El sol de la siesta calienta el asfalto de la Panamericana. Kilómetro 35. El tránsito es lento. Un pequeño embotellamiento desvía a los colectivos de la línea 15, que se abren paso por la colectora en dirección a la fábrica de Kraft Foods, ubicada sobre la Avenida Henry Ford al 1134, en la localidad de Pacheco. La presencia de casi 300 efectivos de seguridad en los alrededores de la ex Terrabusi, entre la Gendarmería Nacional y la maldita bonaerense, no sólo llama poderosamente la atención sino que también estanca la circulación de los vehículos.
 
El conflicto entre los trabajadores y los patrones norteamericanos que dirigen la planta se acerca, con vértigo, a los 50 días de duración. El punto máximo de tensión, sin dudas, fue el viernes 25 de septiembre cuando una comisión de la seccional del Ministerio de Trabajo de Tigre, junto con efectivos de la policía de la provincia, expulsó violentamente a los trabajadores de las instalaciones. Los empleados de la multinacional, que tiene plantas en 155 países y que acumula anualmente cerca de 37.200 millones de dólares, cortaron todas las actividades productivas y se concentraron en una asamblea permanente, con base adentro de la fábrica, desde el 19 de agosto, cuando Kraft Foods SA echó a 160 trabajadores. Del turno tarde despidieron 50, del turno noche 75 y 34 del turno mañana. Todos fueron separados de las actividades sin previo aviso y bajo el argumento de haberse llevado adelante una movilización (a la que asistieron 850 personas) en reclamo de mejores condiciones de salud ante la epidemia de gripe A. 

Los gritos de Ramón Bogado, proyectados a través de un megáfono, burlan el cordón de policías, dispuestos a un costado de la planta para que los despedidos no puedan cortar la panamericana. Bogado trabajó en Ford Argentina, una fábrica históricamente combativa, durante la última dictadura militar. Los años de lucha sindical en su espalda lo llevaron a coordinar  la comisión interna de los obreros de la ex Terrabusi. “Hay 150 uniformados adentro de la planta, duermen en el quincho. Acá afuera hay 300 más. Los compañeros tienen que pedir permiso para ir al baño, para ir al comedor. Nos sacan el desayuno, revisan nuestras pertenencias. Nos tienen incomunicados. Si hay más de tres trabajadores juntos los jefes les piden que se dispersen. Sino, son los próximos suspendidos, los próximos despedidos”, asegura. Gordo, de piel morena y cara redonda. Los callos de sus manos son la caricatura imborrable de una vida proletaria. Se traba y queda en silencio. Luego se da vuelta y mira cara a cara a todos los policías que están en la primera línea del cordón. “¡Pedimos trabajo y nos mandan policía!”. 

Bogado pasa el megáfono. Lo toman diferentes militantes que están ahí apoyando la lucha. Hablan en nombre de sus partidos, de sus agrupaciones y de sus espacios. Todos confluyen en un mismo punto. La hipocresía. Damián escucha de cerca a los trabajadores y desocupados que han venido a apoyar la lucha. Pese a haber sido separado de Kraft hace más de un mes lleva puesta la remera azul que utiliza para trabajar. Es la antítesis de un obrero pauperizado. “Hipocresía por parte del gobierno nacional que no apoya esta lucha mientras el número de desocupados aumenta en el país. Nosotros no queremos conflictos, queremos que nos escuchen. No nos pueden dejar solos, necesitamos una respuesta”, dice. El lugar que ocupa en la fábrica no es, solamente una fuente de ingresos mensuales. “El Ministerio de Trabajo – continúa - juega a juntar las partes para que podamos discutir cara a cara con la empresa. Pero eso es una gran mentira, no hubo ninguna negociación. La lista con los 30 compañeros que Kraft accedió a reincorporar fue armada por ellos mismos.” Existe un sentido de pertenencia fuerte del joven con la planta. Si fuera de otra forma, no estaría allí para cortar una autopista, con el calibre del operativo que se abría como un abanico ante el puñado de manifestantes.

“Las manos obreras que elaboran galletitas son cortadas por los que cumplen órdenes de los que quieren ganar más. Los obreros quieren trabajar, quieren llevar el pan de todos los días a sus hogares. Comprender eso es buscar soluciones, cómo se puede hacer un plan para que todos tengan derecho a vivir en paz y sin que sus familias pasen necesidades. Total, para llegar a ese arreglo tal vez un ejecutivo de la empresa, en vez de ganar cien mil dólares por mes tendría que aceptar un diez por ciento menos y renunciar este año a un viaje en yate por el Caribe, nada más. Y justamente ahora los medios informan que la dueña de esa empresa Kraft, Irene Rosenfeldt, ha ofrecido 16.730.000 millones de dólares a la empresa Cadbury, de chocolates, para comprarla. Le voy a escribir que ofrezca unos miles menos así puede dejar en paz a sus obreros argentinos”, firma Osvaldo Bayer en un editorial que escribió a finales de septiembre. 
Definitivamente, la lógica del capital está en una constante contradicción con las luchas que llevan adelante los trabajadores por sus reivindicaciones, como el aumento de salario, condiciones dignas de trabajo, estabilidad laboral y la representación sindical, entre otras. Este caso en particular, por tratarse de una empresa norteamericana, vuelve mucho más evidente la política de manoseo que llevan adelante las multinacionales. En tiempos de crisis económica internacional, el primer camino elegido por empresas, que durante años amasaron millones de dólares a partir del sudor criollo, son los despidos. La repercusión que alcanzó el conflicto de la ex Terrabusi se desprende directamente de la acción de los trabajadores para enfrentar los despidos. Pero está fuera de discusión que éste se ha constituido como un caso modelo. Tanto para los patrones como para los obreros. Poco tiene que ver el desenlace del conflicto con la tendencia que esta lucha puede marcar. 
La patronal, primero, adoptó una medida disciplinaria extremista con el objetivo de que los empleados que no fueron despedidos mantengan los pies sobre el plato. En segundo lugar, y de paso, dejó afuera de la planta a los trabajadores más combativos. Además, a los últimos les negó la posibilidad de reingresar al predio cuando, según La ley 23.551 de Asociaciones Sindicales, los representantes de los trabajadores tienen potestades para ingresar en la fábrica y llevar adelante actividades gremiales, aún luego de haber sido despedidos. Antes la ley explica, también, que, para que los delegados o cualquier otro dirigente sindical puedan ser removidos de sus puestos,  la empresa necesita de una sentencia judicial. Se cae de maduro que el único objetivo de los inversores extranjeros es desarticular la organización de la mano de obra que contratan por miserias, aunque sea, en su propia empresa. Una tendencia que no puede ser aceptada. Ni en la primera instancia, ni en las que le siguen. 

“Ahora, la empresa nos quiere desgastar. Nos quiere llevar al cansancio. Se muestra ante la sociedad como una empresa que repiensa sus decisiones y es capaz de dar marcha atrás con los despidos. Sin embargo, entre las paredes de Kraft y a través de la presión y el miedo, siguen desorganizando a los compañeros. Un claro ejemplo es que anuncia 30 reincorporaciones, como resultado de la discusión en el Ministerio de Trabajo, el mismo día que hizo llegar 36 nuevas suspensiones. Hay mas compañeros afuera de la fábrica que cuando empezó el conflicto”, explica Oscar Coria, delegado de la ex Terrabusi. Por el otro lado, el de los trabajadores, los augurios son un poco más prósperos. Una lucha que se ha sostenido durante dos meses, sin el apoyo de la Confederación General del Trabajo (CGT), más preocupada en las diferencias ideológicas-fragmentadoras, es un acontecimiento no sólo importante, sino histórico. Luego, la cantidad de movilizaciones simultáneas con el mismo objetivo, la reincorporación de los despedidos en Kraft, que llevaron adelante durante los últimos dos meses organizaciones de trabajadores, movimientos sociales y estudiantes universitarios son el indicador más fuerte de unidad. Las clases explotadas históricamente han recorrido dos caminos. El del sometimiento o el de la lucha. Persistir en el segundo, inclusive, frente a los avatares de los magnates económicos es la primera conquista necesaria.


Palabras claves: Kraft Foods, conflicto, piquetes

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