Ramón Caro está sentado solo a las tres y media de la mañana frente a una de las cuatro mesas dobles que ocupan el reducido espacio de la cafetería Lomitos, a una cuadra de Plaza Miserere, en Hipólito Yrigoyen y La Rioja.
Sebastián Noriega - alumno TEA
Come unas empanadas, toma una cocacola y mira pero no escucha las noticias en el televisor porque Enzo, el encargado, bajó el volumen para subirle a la cumbia. Afuera, en las dos mesas de jardín en la vereda, unos taxistas hablan de la plata que ganaron o perdieron en el Bingo, de la honradez de haber devuelto un celular, de la hipocresía de haberse quedado con un maletín con dólares y de los chistes que se mandan por mensaje de texto. Sus coches se amontonan junto al cordón.
Algunas mujeres se acercan, los saludan y les hacen chistes. Van y vienen. Buscan clientes para sus cuerpos flácidos y desfigurados, y para las drogas que venden. En frente, los travestis se exhiben.
Ramón trabajaba como cocinero hasta hace unas horas, cuando renunció “cansado del forreo, de que no valoren laburar muchas horas por 1500 pesos y de la úlcera del pie de tanto estar parado”. El jueves espera poder volver a Gastona Sur, “un pueblo muy quedado” a ochenta kilómetros de la capital de Tucumán, donde nació hace 48 años y del que emigró a la Capital Federal cuando tenía veinte para ser jugador de fútbol.
“Un día después de llegar ya era lavacopas. En los clubes que me probé, como Ferro, no me tomaron por la edad y la falta de preparación”, cuenta este hombre de camisa azul violácea como de colectivero, cuyo actual sobrepeso hace insospechable un pasado como deportista.
Tres taxistas y Enzo juegan al truco en la mesa de en frente cuando entra un policía que busca dos testigos. “No lo van a llamar, no va a declarar, nada, es para firmar la planilla del secuestro de un colectivo que chocó”, promete, pero la excusa de la entrevista lo disuade y busca en otra lugar.
“Cuando era pibe me iba al Mercado Central de Tucumán y le ayudaba a los tipos, me daban la verdura, me regalaban la carne, y a los catorce iba a hacer desmonte de árboles”. No terminó la primaria y recién fue a la escuela a los nueve años porque quedaba lejos y no tenía con quien ir.
En el 89 se fue a vivir con una mujer que conoció de vacaciones en Santa Fe seis años antes. No tuvieron hijos, ella no quería. En 1997 se dio cuenta que no tenía sentido estar con una persona que no le iba a dar descendencia. “Un día me levanté con la loca, agarré un bolso, pagué los tres meses que restaban del contrato de alquiler y me fui. Le dejé todo”. Se enteró ella que lo buscó, pero no la quiso volver a ver.
A Lomitos llegó tiempo después de la separación. Ahí conoció al antiguo dueño, el “Gallego”, que falleció en el 2000. Una foto suya vestido con una camisa de mozo bordó cuelga del estante donde están los vasos.
Son las cinco y media y por uno de los amplios ventanales se ve pasar por quinta vez a un pibe con la mirada perdida, en busca de algún descuidado que pasee solo por esas calles a esa hora. Las mujeres de hace un rato entran, se sientan y charlan con un taxista. “Son gatos que venden falopa.”
Ramón no siempre va a la cafetería a esa hora, hoy lo hizo quizá motivado por la fresca sensación de libertad de la reciente renuncia. Se sienta solo “porque con los tacheros, poco y nada”. Una vez, un taxista no tenía cambio y se quedó con la diferencia: “Me dolió que me cagara un peso, y no es ninguno de los muchachos de acá, pero por uno pagan todos.”
A las seis y cuarto el día empieza a asomar mientras Ramón toma café con leche en una taza ancha. El miércoles se despedirá de Enzo y los demás. Planea abrir una parrilla en Concepción, Tucumán, cuando venda una propiedad que tiene y así seguir haciendo lo que siempre hizo: trabajar y cocinar.
El miércoles por la tarde volví a Lomitos con un sobre marrón. Adentro había una copia de la entrevista que le prometí a Ramón. Una semana después el sobre seguía en el bar, el tucumano no pasó a despedirse.


