Compartir: 

Ahora, fernet

"Que nunca nos falte". Esa era la consigna que el grupo tenía hasta hace unos años cada fin de semana y que proclamaba tener siempre una o más botellas de vodka sobre la mesa.
El lema lo tiré yo, cuando estábamos criticando a una putita del colegio. Lo del diminutivo es sólo porque es más chica, no por el nivel de putez, que creo que ninguna de nosotras va a llegar a alcanzar en su vida.

Mi relación con el vodka empezó desde que tomé por primera vez alcohol en el Teatro de Colegiales, cuando todavía era boliche y no había sido noticia por ser la escena de un asesinato. Los baldes de ese lugar que nuestros conocidos -y desconocidos- nos convidaban eran gloriosos. Y digo "nos convidaban" porque nunca tuvimos que comprar uno. Nunca pusimos un peso. Siempre ligábamos de arriba.
Ahí, debajo de la lámpara a la que alabábamos para que fueran nuestros chongos y entre esas paredes que si hablaran nos prenderíamos fuego, empezó la relación de todas con el vodka.

Vodka con naranja, con manzana, con Sprite, con Coca, con Quatro Pomelo, con Speed, con Red Bull, con Gancia, con licores, puro...siempre libre, siempre vodka.

Durante varios años, la marca no importaba. Daba lo mismo si era Peters, Hiram Walker  o el gesellino de 42% de graduación alcóholica (cuando normalmente tiene 40). Siempre que nos juntábamos antes de salir, tomábamos vodka y pensábamos en lo triste que sería el día en que nos cansáramos de Él.

Fer nos odiaba, porque nadie la acompañaba con el fernet y tenía que hacer un esfuerzo y tomar vodka, como cuando en Mardel "quiso descansar" y le entró al Smirnoff. Por ese entonces, yo no podía ni oler el fernet. Siempre escuchaba que no te da resaca y quería que me gustara, pero no había caso.

Mi vida cambió cuando, borracha, en Mar del Plata, el día del vestido a cuadros, la colita, el chorro de agua, el choque, el hospital, el "principio del fin", el de "Me siento desnuda sin cartera" y "Esperá que estoy en culo. Listo, que pase", entre otras, me confundí de vaso y tomé el de Flor, con fernet. Pero no me di cuenta de que lo tomé hasta que la vi a Ro haciéndole caras a las demás. 

Salté de la silla, me levanté y fui a escupir a la pileta de la cocina. Pero ya era tarde. Ya lo había tragado.  

- Careeeeta, sos una careta, la concha de tu madre, hija de puta. Careeeeetaaa - me gritaba Ro, totalmente sacada.

Esa noche fue un punto de inflexión. A partir de ahí, cada tanto, daba unos traguitos de fernet, como para ir acostumbrando el paladar. Pero todavía faltaba un año para que sea 2011 y el Branca se convirtiera en mi bebida alcóholica de cabecera.

Para llegar a eso, no es que me haya cansado del vodka. Me cansé de la resaca y de estar inutilizada al día siguiente. Porque ya no es como antes, que podía emborracharme quince días y seguir. Los 24 años se hacen sentir y el cuerpo pasa factura. Por eso ahora tomo fernet y sólo ocasionamente, vodka.

Gracias a Él, ahora estoy evaluando los planes para hoy y no estoy tirada en la cama, rota, recordando la noche de ayer en la que me acordé que soy joven.


SALUD!

Me convertí en lo que tanto temía

El sol estaba cayendo y el clima templado de otoño daba paso a la brisa noctura. Ella estaba acostada en el pasto, panza arriba. Él, que la cuadruplica en tamaño, sobre ella. Eufóricos, se revolcaban ante los ojos de los presentes, testigos de los lengüetazos y de los mordiscos juguetones.

Él es Kimba, un labrador de 7 meses, y ella, Catalina, mi perra; la pug de 5 meses, culpable de despertar en mí el instinto maternal que dudaba tener.

Cata es la nueva en el grupo de los perritos que se juntan en la esquina de la plaza, donde, en vez de haber un canil que resulte funcional, hay una fuente con agua contaminada. A algunos -Fidel, Nerón y una tocaya- los conoció de casualidad, cuando paseábamos alrededor de las rejas que circundan la manzana, y a otros los vio ahí, en la esquina de Perón que a partir de las 18.30, más o menos, empieza a poblarse de seres de cuatro patas, muchos de los cuales están para la publicidad de Dog Chow.

Todos me dicen que cata es hermosa y yo les digo que los suyos también, aunque por dentro pienso: "La mía es más linda". Salvo Fidel, un bulldog fancés hermoso, blanco con manchas negras, que parece un semental. Cata está enamorada de él (sí, la tengo bien entrenada). Me mata de ternura, porque cada vez que lo ve, lo persigue, se le sube, lo quiere agarrar con sus patitas, pero él no quiere saber nada.

- Bella está imparable.

- Catalina la grande (una schnauzer) le histeriquea.

- Fidel, dejá de rascarte -le dice el dueño y nos aclara que es alérgico.

- Nerón, tranquilo.

Esos y otros comentarios escuchaba de fondo, mientras me veía enredada con la correa que sujetaba al cerdo desquiciado en el que, por momentos, se convierte mi perra.

Antes pensaba que los dueños de perros que se juntan a charlar en la plaza son exponentes del caso de personas solas, en la desesperada búsqueda de ampliar su vida social. Pero, de repente, me convertí en uno de ellos.

Enseguida, me vi hablando con un montón de desconocidos y contándoles que Catalina desenchufa la tele, que se roba los hisopos, que se come el papel higiénico y el de diario y que se morfó una gillette. Y me encanta!!

Tan feliz me pone verla jugar con sus pares, que lamento mucho los días que no la puedo sacar. Tanto la quiero, que espero con ansias los fines de semana para ir a recorrer el barrio con ella.
Cuando me levanto, le pego un grito para que venga a saludarme a la cama. También, confieso que incluso, a veces, le hablo por teléfono.

Pero bueno...siempre quise un perro y me llegó de grande, y con una cara que hace imposible dejar de chochear

Expedición Ezeiza

Lamentablemente, el fin de semana largo terminó y hubo que volver a la rutina. Pero, por suerte, fue tan largo que ya casi me olvido de que el miércoles quedé varada en Ezeiza, por el temporal, y de que no pude ir  unos días a Punta del Este, todo pago.

Casi me olvido, salvo por la pregunta infaltable de cada uno de los que hoy iban llegando a la oficina y me preguntaban cómo me fue.

- ¿Cómo estuvo Punta?
- Supongo que bien. No sé, porque no me fui. El avión no salió por el temporal – respondo y me río, porque otra no queda y porque los otros se ríen conmigo. 
- Bueno, por lo menos el Quilmes estuvo bárbaro ¿no?

Casi me olvido, salvo porque una persona que trabaja en la Muni me dijo que estuvo allá, que se fue en auto, que le sobraban dos lugares y que si hubiera sabido me habría llevado.
Casi me olvido, salvo porque tengo que ver cómo hago para dejar los pasajes abiertos y porque a alguien le tengo que contar cómo pasé de ser una diva con chofer a no saber cómo volver, sola, del aeropuerto esa noche.

“Yo te la llevo”
“No pienso ir a un lugar al que fui hace menos de dos meses”, le dije sin titubear a Flor cuando estábamos organizando qué hacer en Semana Santa y ella insistía con volver a Uruguay. Pero cuando hace una semana mi tía me dijo que estaba en Punta del Este y que me fuera unos días, no lo dudé.

- No voy a poder ir. No hay más pasajes en barco. 
- No importa. Fijate en avión. Nosotros te invitamos. Pero mirá que nos volvemos el sábado al mediodía eh. 
- Genial! Igual yo tengo un recital, así que también me tengo que volver.

Y así fue que empezó la maratónica preparatoria de la escapada de tres días que pensaba hacer. Enseguida me puse a buscar pasaje y lo único que encontré fue un vuelo de BQB hasta Montevideo y de ahí un micro hasta la ciudad top. Armé la lista con las cosas que tenía que llevar; preparé la valija; cuando me fui a trabajar, dejé a mis viejos una lista de favores que muy amablemente me hicieron; me despedí de mis amigas y el miércoles a la mañana estaba en la puerta de mi casa, con mi valijita blanca, lista para ir al trabajo en el remís que me mandaba mi tío para evitar hacer la combinación de subte y bondi que me lleva al laburo.

La verdad es que me daba un poco de vergüenza bajarme de un auto, en el conurbano bonaerense, con un chofer impecablemente vestido que me abriera la puerta. Cuando estábamos estacionando, miré alrededor para asegurarme de que no hubiera alguien conocido –no sé para qué; si así hubiera sido, me habría bajado igual. Pero es casi una chabacanería llegar de esa manera a San Martín, donde, según me contó el remisero que trabajó en una ONG de prevención del delito, los delincuentes del distrito se jactan de “calentar la pava a tiros”.

Sin embargo, así llegué y así me fui a Ezeiza, a la tarde, cuando el chofer se bajó conmigo e insistió en llevarme la valija hasta que hiciera el check in, lo cual hizo que, por momentos, me sintiera una niña rica con miedo a que la secuestren.
  
“El vuelo del terror”
Ya había pasado por migraciones, por el free shop, me había enamorado a primera vista y me había comido unas medialunas con una cepita de ananá, pero todavía faltaban unos 20 minutos para embarcar.

No había ningún representante de BQB, pero fue fácil empezar a distinguir quiénes iban a ser mis compañeros de Expedición Ezeiza. Algunos miraban hacia la puerta que teníamos asignada, otros controlaban la hora; los que estaban solos buscaban miradas cómplices y los que estaban en pareja, hablaban; algunos, en vano, se acercaban a preguntar a la gente de seguridad el aeropuerto si tenían alguna novedad de nuestro vuelo y yo, mientras, alternaba mis acciones entre gastar la poca batería del celular que me quedaba, mirar al clon de Jamiroquai que tenía sentado a dos butacas de distancia y pensar en si el chico lindo iba a ser mi compañero de viaje. 

- La verdad no sabemos nada. ¿Habrán cambiado de puerta? – escuché que le respondieron los de seguridad a una señora que preguntó.
- ¡Qué bárbaro! Si ellos no saben, ¿qué nos queda a nosotros? – le dije a una chica que tenía sentada al lado mío y que, al escuchar lo mismo que yo, me hizo una mueca.  
Para ese entonces, el mundo ya se estaba viniendo abajo, pero nosotros nos dimos cuenta, recién, cuando se cortó la luz en algunas partes del aeropuerto. Los televisores dejaron de funcionar, así que ya ni siquiera podíamos ver ahí si el vuelo estaba en hora o retrasado ni de dónde salía. Arrancaba el juego de las sillas: la gente empezaba a inquietarse: se paraba, se cambiaba de asiento.

Eran las 20.30, hora en la que supuestamente partíamos, pero la gente de BQB seguía sin aparecer. Mucho después vinieron un par y nos sugirieron que volvamos a las 22.30 para tener noticias.
Con mi valijita que no había despachado, fui al baño y volví a la sala con luz tenue, por el corte,  para aprovechar el tiempo y leer unos apuntes de la facu. No pasó mucho tiempo hasta que vino el supervisor de la empresa y pidió que nos acercáramos.

- Vamos los del vuelo del terror – dijo uno de los pasajeros al que no llegué a verle la cara.  
- Bueno, lamentablemente el vuelo se suspende. Tenemos horario de salida a las 7.40 de la mañana – nos dijo el supervisor, así como si nada; como si no estuviera en el culo del mundo, sola, y tuviera que llegar a mi casa para dormir dos horas y volver a salir para poder llegar dos horas antes al mismo lugar; como si me fuera por 20 días y un par de horas menos no afectaran el viaje.

A partir de ese momento, quedó demostrada la incapacidad del personal para enfrentar a un grupo de pasajeros indignados. Las soluciones que nos ofrecían eran tan efímeras como mi enamoramiento del chico de ojos claros: “El avión sale  a las 7.40 de la mañana” , “Ahora existiría la posibilidad de ir en micro hasta retiro y allí tomar el buque lento hasta Colonia (tres horas), que sale a las 23.30, con lo cual estaríamos llegando a Punta del Este a las 7.30 de la mañana”, “Ahora nos están diciendo que ya no llegamos a tomar el barco”, “Vamos a ver si podemos salir en un avión 23.30”, “Gente, es imposible. Las condiciones climáticas no lo permiten”.

Los pasajeros estaban cada vez más enojados. Algunos que habían llegado tarde aseguraban que otros vuelos estaban saliendo y la respuesta de la empresa fue que con sus aviones de mierda era imposible salir con mal tiempo –claro que con otras palabras.

Solución definitiva: nuestro vuelo saldría a las 9.20 de la mañana. Los que quisieran salir antes, tendrían un barco –rápido- a las 7 y pico a Colonia o a Montevideo. No sé. Ahí ya había desistido hacía rato la posibilidad de escaparme de Buenos Aires y había puesto música mental. A esa hora, además, el celular ya ni siquiera prendía.

El regreso a casa
Como niños en una excursión, los de BQB nos llevaron a dar vueltas por el aeropuerto. Primero pasamos a buscar los equipajes de los que habían despachado y después nos sentamos todos juntitos, en un bar sin luz, para hacer las listas que nos dividirían en: “Deja abierto el pasaje”, “Va en avión” y “Sale en barco”. Devolver la plata del pasaje no era ni una remota posibilidad porque “las causas excedían a la empresa”.
Lo bueno era que un micro o combi nos iba a venir a buscar para llevarnos hasta retiro; lo malo, que no llegaría hasta, aproximadamente, las 2.30 de la mañana e iba a tener que seguir aburrida, con hambre, escuchando al gil que buscaba todas las chances posibles para contar que tenía una empresa y que puteaba a su secretaria, o a la minita de La Horqueta que todavía no había decidido su destino. Así que me resigne a ser partícipe de conversaciones que ya habían empezado y a dejar otras que no habían terminado.

Después de un rato de habernos dejado solos, como conejillos de indias en un experimento, los de BQB se acercaron y trajeron la primera solución concreta: había un remís que llevaría a cuatro personas, gratis, hasta la terminal de la empresa en Retiro, pero la prioridad la tendrían los mayores.
Todos nos mirábamos, nadie decía nada. Yo buscaba la cara de algún viejo para odiarlo, a pesar de que me había propuesto mantener la calma para no ponerme de mal humor. Fueron unos segundos que duraron años. Casi que me sale la nena de adentro y grito: “Hagamos sorteo”. Hasta que, como no había ningún jovato, el empresario rompió el hielo y dijo: “Yo estoy solo”.
No había terminado de hablar cuando grité desde más lejos: “Yo también”. Todavía no entiendo por qué el resto de la gente no dijo nada. Sólo uno acotó que eran cinco, así que por eso cedía el lugar. Pero por suerte, gracias a ese silencio, formamos un grupo de cuatro y  emprendimos camino a casa.

Cuando caminaba hacia el remís, ya me imaginaba llegando a casa, saludando a mi perra y metiéndome en la cama.

Cuando vi  las calles con la luz cortada, los árboles caídos y lo puestos de diarios y carteles en el suelo, me di cuenta de que el vuelo del terror habría sido si hubiera despegado. Al final, de todos modos no estuvo tan mal. El finde largo fue bien largo y los planes sobraron.

Que sea...

Despierto.
Mis ojos todavía no ven,
Pero un storyboard de domingo se dibuja en mi cabeza.
Viñetas grises, donde los rayos de sol casi siempre son relámpagos,
Y los árboles, de otoño:
Troncos sin hojas,
Como amores no correspondidos.

La lluvia lo hace más domingo,
Cuentas pendientes semanales lo atenúan,
Su recuerdo lo agudiza:
Estímulo latente,
La piel de gallina es la respuesta secreta que me avergüenza.

Y es domingo.
La ansiedad carcome las horas
Y, al mismo tiempo,
Me devuelve retazos del pasado.
Un changüí de minutos felices.
¿Para qué?

Para que, una vez más,
aparezca ese deseo permanente de que sea…
Que sea lunes,
Que sea viernes,
Que sea sábado.
Que sea con él,
Que sea otro,
Que sea alguien.
Que lea y sea,
Que escriba y sea,
Que camine y sea,
Que me acueste y sea.

Pero no es ni cerca.
Y sólo la llegada del lunes,
con su hipócrito comienzo,
(¿de qué?)
me coloca otra vez en una línea de largada
hacia metas endebles, mentirosas,
que se alejan,
y que armo y desarmo en esa quimera que nunca es y que tal vez nunca sea.

Seis porteñas en Yavi

Estábamos todavía preparando el recorrido, cuando Fernanda ya insistía con que, al regresar, hiciera un diario de viaje. Le dije que podía ser, pero nunca fue, al menos hasta hoy, cuando en medio de una conversación con un compañero le conté una anécdota de Yavi y pensé en escribir.

Yavi fue uno de los últimos pueblos que conocimos en nuestro viaje al Norte. LLegar nos costó un largo rato: bajamos de Iruya a Humahuaca, para tomar un micro hasta La Quiaca, y ahí conseguir cuatro ruedas que nos dejaran en ese pueblito fantasmagórico. En el medio, un piquete nos retuvo a la vera de la ruta. Por el sol del mediodía que pegaba en perpendicular, nos sacamos las capas de ropa que el frío de Iruya  nos obligó a usar y bajamos a estirar las piernas. Se escuchaban comentarios de todo tipo respecto de la protesta: algunos decían que en un rato la levantaban; otros, que iba a durar todo el día. Fuimos a las fuentes y nos dijeron que el reclamo era por el despido de dos trabajadores, que hasta el momento venían dejando pasar, pero que eso se había terminado: hasta las ocho de la noche no avanzaba nadie!! Enseguida, suspiros, quejas y puteadas al por mayor, hasta que, por suerte, la solución llegó bastante rápido. Como no estábamos lejos de donde comenzaba el piquete, caminamos apenas poco más de 200 metros hasta alcanzar otro micro de la misma empresa que nos esperaba del otro lado para seguir camino a la ciudad más elevada del país.

Llegamos a La Quiaca, sacamos el pasaje para volver al día siguiente a Humahuaca y buscamos una combi que nos llevara 16 kilómetros hasta Yavi. A poco de empezar el recorrido, subió una pareja de viejitos, que parecían tiernos. Parecían. Porque un aura de olor a vino envolvía al viejito, que no paró de hablar desde que se subió y nos obligó a darle un poco de charla. Lo bueno fue que nos recomendó unos atractivos para conocer, que nunca conocimos: las cuevas rupestres y los agujeros estudiados por la NASA.


Yavi. 16 horas. Saqué el celular para ver si tenía noticias de la inscripción a las materias de la facu y las líneas de señal habían desaparecido. Al bajar de la camioneta, un silencio absoluto nos dio la bienvenida y nos hizo dar cuenta de que, a la hora de la siesta, nada de griterío porteño ni de risas bobas. Cuando corrió el reloj, entendimos que el silencio no tenía  horario; era una constante, al igual que el hablar pausado y en voz baja de los habitantes de la Quebrada. El silencio se perpetuaba hora tras hora, en la otra cuadra, en la siguiente y en la de más allá.

Nos dividimos y empezamos a caminar para buscar alojamiento. La soledad de las calles y las casas de adobe y paja indicaban que allí el tiempo se detuvo. Nosotras intentábamos detenernos con él; mirar el cielo y ver las nubes que, intermitentemente, tapaban el sol; observar el piso, los rostros de algunos pocos habitantes del lugar que nos cruzábamos por el camino, y sólo esperábamos ver pasar la rueda de pasto de las películas de cowboys.

Cuando tres de las chicas estaban a punto de reservar una cuarto con colchones hundidos por 25 pesos, con Xime encontramos un oasis de lujo: una cabaña amplia, con una cama gigante, estufa y un horno para nosotras solas!! Regateamos el precio y convencimos a las chicas de lo bueno que iba a hacer pasar una noche ahí.

Ya instaladas en "la mansión" y con las tripas rugiendo de hambre, fuimos a buscar algún lugar donde comer. Caminamos por una calle que creíamos la principal y encontramos un cartel escrito con tiza, pegado en la pared: "Resto-bar Nora". Ohhh, Nora!!!, mesías culinario, nos sació por unos 13 pesos que incluyeron -por lo menos para mí- pizza, papas fritas, huevo frito y la bebida, y nos salvaría también la cena casera. Porque no habíamos traspasado las puertas del local para salir, que ya estábamos pensando en cómo usar el horno.


- Hagamos...ay, cómo se llaman? Salchichas envueltas en tapa de empanadas.
- Sííííííí!! Qué rico!! Y les ponemos mostaza.
- Y con qué acompañamos?
- Papas al horno!!

Panza llena, corazón contento; el sol ya estaba desapareciendo y el frío nocturno comenzaba a hacerse sentir. Volvimos a la mansión a abrigarnos y nos dividimos: unas fueron a hacer las compras y con Silvi y Juli emprendímos la aventura de encontrar un locutorio. Yo estaba un poco obsesionada con que no se me pasara la fecha de inscripción a materias y poder acordar los horarios con mis amigos.

- Alguno tiene que haber, es obvio!! - pensábamos.
- Esperá que le pregunto a este chico - les digo.
- Hola, te hago una consulta. Un cyber por acá?- le pregunto con total osadía.

El pibe, que por respeto no se me rió, me dijo que para encontrar una computadora tenía que ir hasta La Quiaca, pero que había un locutorio a unas cuadras y nos indicó el recorrido. Lo seguimos y encontramos una puerta que abrimos como con miedo, con la confusión de si era ahí o no. Y de repente, me sentí protagonista de Padre Coraje. Si vieron esa novela, les cuento que el locutorio de Yavi es casi como el que atendía Eugenia Tobal en la tira.

Hechos los llamados telefónicos, volvimos a la mansión para bañarnos y empezar a preparar la cena. En el camino nos encontramos con el resto, que nos dio dos malas noticias y una buena. En Yavi no había mostaza y, menos, tapas de empanadas. Sólo a nosotras se nos ocurre pensar que, en un lugar donde viven haciendo empanadas caseras, iba a haber de las compradas. Muy porteñas...muy! La buena fue que se les había ocurrido comprarle masa a Nora. Por supuesto, la mujer no entendía nada. Si tuvimos que hacerle una división al mediodía, no tenía idea de cuánto cobrarnos un cacho de masa para cocinar. Y nosotras, menos!! Fer ofreció pagarle lo que salían las tapas acá, pero todavía faltaba la mostaza. A lo que me ofrecí encontrar en lo de Norita.

Llegamos y otra vez el problema de qué nos vendía, cuánto le pagábamos. Tenía un pote grande.


- No sé, nos poder dar un poco en un potecito? O el envase entero, no hay problema. Te lo vamos a pagar.

Nora y las hijas, que nos miraban raro, se fueron para atrás y escuchábamos su cuchicheo.

- Se está avivando, nos quiere cagar! - comentábamos.

No me acuerdo cuánto le pagamos, pero esa noche tuvimos todo lo necesario para preparar el manjar.

En esa cabaña desprotegida, en medio de una oscuridad implacable, aunque era obvio que no iba a venir un asesino en serie a matar a seis pibas, trabamos la puerta sin llave con una silla, prendimos la estufa y nos fuimos a dormir.

El día siguiente amaneció con lluvia. A algunas remolonas fue imposible despertarlas. Con Fer y Juli, que no queríamos irnos de Yavi sin conocerlo, desayunamos, nos emponchamos, -yo clavé el pilotín de Disney que me había prestado Xime -y salimos a recorrer, mientras continuábamos con el repertorio de cumbia que habíamos iniciado en Cafayate.

Mabel, se te ve arruinada. 
Será por el escabio, 
por la yerba por la pasta. 
Se te ve con grandes ojeras,
te levantás tomando vino
y te acostás fumando yerba.

No me digas que vos no sabés, 
no me digas que vos no sabés 
qué cogedora que es María Ester.

Cantamos y caminamos para nada. Para sentir cómo nos penetraba la humedad hasta los huesos y no entrar a ningún lado, porque era muy temprano y ya estábamos justas con la plata. Conocimos la Iglesia de afuera, pasamos por la Casa del Marqués, cuya entrada a 5 pesos nos negamos a pagar, y tiré el chiste de las vacaciones:

YAVItodo!!

Porque eso fue todo lo que vimos. O sea, nada. Nos reímos un rato y volvimos a la mansión, medio mojadas, para emprender la vuelta a la Quiaca y continuar el viaje. 

No hay comentarios en este Blog



TU COMENTARIO

IMPORTANTE: Los comentarios son moderados y no se publicarán inmediatamente, no republique si no los ve. Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no representan necesariamente la opinión de Blogsdeteaydeportea.com. Todos los comentarios anónimos ofensivos o injuriosos serán borrados.


Nombre:
E-mail:
Comentario:
Validar:
Ultimos 10 Blogs
  • Buenos Aires Digital [Cultura+Arte]
  • Alternativos100.com
  • Plaza Vacía
  • El ruido en el hormiguero
  • Piramide sin invertir
  • Juez Cambio
  • El charco como testigo
  • Otra Ideota...
  • Pasión de otro planeta
  • SBEN Fútbol